Las autoridades iraníes cerraron en las últimas semanas decenas de cafeterías en distintas ciudades del país, en una campaña que apunta sobre todo a locales donde las mujeres no llevan velo y los jóvenes se reúnen sin la supervisión del Estado
El golpe recae sobre uno de los pocos ámbitos de encuentro que aún conservan los jóvenes iraníes en medio de la inflación, la presión política y el clima represivo que siguió a las protestas de enero. En esos espacios, visibles desde la calle, se mezclan grupos de amigos, conversaciones largas, cigarrillos y, en algunos casos, consumo discreto de alcohol
Locales pequeños, multitudes visibles
La ofensiva se concentró en negocios agrupados en zonas muy transitadas, donde las reuniones terminan desbordando hacia la vereda. Las autoridades interpretan esas aglomeraciones como señales de desorden o desafío político, aunque para clientes y dueños no son más que encuentros cotidianos de una generación que busca espacios para reunirse
Entre las ciudades alcanzadas por los cierres figuran Teherán, Mashhad, Yazd, Kerman y Ardabil. En esta última hubo 16 arrestos. La presión no se limitó a cafeterías: también alcanzó restaurantes y boutiques, aunque algunos de esos comercios reabrieron luego
Velo, moral pública y miedo a otra protesta
El trasfondo es la disputa por el espacio público y, en particular, por la norma del velo obligatorio. Tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 y el surgimiento del movimiento Mujer, Vida, Libertad, el panorama social cambió y hoy es frecuente ver a mujeres sin cubrirse el cabello, pese a la represión sostenida
En lugar de impulsar arrestos masivos por esa infracción, el gobierno presiona a los comercios para que impongan la norma por su cuenta. Para muchos dueños, el mensaje es claro: el objetivo no es solo controlar una conducta, sino recordar de forma periódica que el Estado sigue decidiendo sobre la vida cotidiana
El costo económico también es alto. Jóvenes con pocas opciones laborales pierden ingresos, y con ellos se resiente toda una red de proveedores, tostadores y empleados. Para muchos de ellos, la clausura de una cafetería no es solo un cierre administrativo, sino otra señal de que el margen para vivir con libertad sigue reduciéndose