En un terreno cubierto de pasto, en Fujisawa, está previsto el comienzo de una obra que ya encendió discusiones: allí se levantará la primera mezquita de esta ciudad japonesa, situada al sur de Tokio. Para algunos vecinos, el proyecto despierta temor e incertidumbre; para otros, representa una oportunidad para conocer mejor a una comunidad que gana presencia en el país

La reacción resume una tensión cada vez más visible en Japón. Mientras la población envejece y cae la natalidad, el país depende en mayor medida de trabajadores extranjeros para cubrir puestos vacantes. Esa necesidad convive con una política migratoria todavía restrictiva y con un debate sensible sobre identidad, convivencia y cambios sociales

Una obra que dividió a los vecinos

Entre los residentes de Fujisawa, Noriko Izumizawa expresa una preocupación compartida por parte del barrio: teme que la comunidad cambie demasiado. Su inquietud se intensificó en un contexto en el que crecieron las protestas contra la mezquita, junto con mensajes hostiles y desinformación difundidos en redes sociales

Algunos manifestantes llegaron a sostener que el nuevo edificio sería una falta de respeto por su tamaño, mayor que el de un santuario sintoísta cercano. También se registraron llamadas y correos ofensivos dirigidos a mezquitas, lo que llevó a grupos contrarios al odio a organizar contramanifestaciones y pedir que no hubiera violencia

No todos en la zona comparten esa postura. Hiroki Suzuka, dueño de una cafetería frente a la calle donde se construirá el templo, dice que no se opone al proyecto, aunque tampoco lo apoya sin reservas. Para él, el punto de partida debe ser entender qué es el islam y quiénes forman parte de esa comunidad

Vivir como minoría musulmana en Japón

Mohamed Mohideen lleva casi cuatro décadas viviendo en Osaka. Llegó desde Sri Lanka en 1987, durante la expansión económica japonesa, y trabajó en el comercio de gemas y en la exportación de autos usados. Según cuenta, en aquel entonces había muchos menos extranjeros que hoy

Ahora dice percibir un clima más hostil. Afirma que en internet y en persona se repiten expresiones de rechazo contra los musulmanes, y que incluso hubo personas que se acercaron a mezquitas para insultar. Aunque no siente que su seguridad esté en riesgo, sí notó un cambio en la forma en que algunos vecinos miran a su comunidad

Mohideen sostiene que la respuesta debe ser la paciencia y el diálogo. También admite que los propios musulmanes tienen parte de responsabilidad en la distancia cultural, porque durante años no hicieron suficiente por integrarse o explicar mejor quiénes son

Integrarse sin perder costumbres

Shakeel Mohamed, representante de una mezquita en la prefectura de Saitama, insiste en que la convivencia depende también de respetar las normas locales. Habla japonés con fluidez, trabajó más de dos décadas como supervisor de obras tras emigrar desde Pakistán y destaca gestos cotidianos como separar bien los residuos, respetar el estacionamiento y saludar con cortesía

Según cuenta, en su zona algunos japoneses llaman a la comunidad pakistaní “Yashiostán”, una referencia que mezcla cercanía y distancia. Para él, existen casos aislados de mal comportamiento entre pakistaníes, pero la misma lógica aplica a cualquier grupo: no se puede juzgar a todos por unos pocos

Un país más diverso

El trasfondo del conflicto en Fujisawa es demográfico y político. A fines de 2024, la población musulmana en Japón, incluyendo extranjeros y japoneses convertidos, había subido a 420.000, frente a 230.000 en 2019. Al mismo tiempo, los residentes extranjeros superaron los cuatro millones en 2025 y un número récord de 2,57 millones trabajó en el país ese año

Durante mucho tiempo, las autoridades evitaron describir a Japón como una nación de inmigración. Sin embargo, el crecimiento de la presencia extranjera obligó a revisar esa idea. En 2026, el gobierno elevó con fuerza las tasas de visado, reforzó los recursos de su agencia migratoria y estudia límites al número de residentes extranjeros

La pregunta de fondo sigue abierta: cómo incorporar más diversidad sin debilitar el sentido de cohesión nacional que Japón valora. En Fujisawa, incluso quienes desconfían del proyecto admiten que no han tenido malas experiencias personales con musulmanes. A veces, dicen, el miedo nace simplemente de lo desconocido