El 11 de enero de 1993, una casa en llamas en Prévessin, cerca de la frontera con Ginebra, reveló una escena imposible de imaginar: dentro estaba Jean-Claude Romand, todavía con vida, mientras su esposa y sus dos hijos ya habían muerto. Horas más tarde, la tragedia se agravó con un segundo hallazgo: en Clairvaux-les-Lacs, a casi 84 kilómetros, sus padres habían sido asesinados a tiros
Una vida construida sobre una mentira
Romand había nacido en 1954 y crecido como hijo único en una familia marcada por la enfermedad materna y por el silencio emocional del padre. Desde chico aprendió a ocultar lo que le pasaba para no preocupar a los demás. Inteligente y aplicado, fue un alumno destacado, pero en la adolescencia comenzó a aislarse
Primero intentó estudiar Administración de Montes, aunque abandonó esa carrera tras una desilusión menor que nunca aclaró. Luego eligió Medicina, empujado por su deseo de ascenso social y por su amor obsesivo por Florence, una prima lejana
La relación con ella duró poco, pero alcanzó para detonar la primera gran mentira: una supuesta enfermedad que le sirvió para explicar un examen perdido y sostener una versión falsa de sí mismo
El estudiante que nunca rendía
Desde entonces, Romand fue construyendo una identidad ficticia con paciencia. Seguía yendo a la facultad, compraba libros, se dejaba ver en los pasillos y renovaba su matrícula año tras año, siempre en el mismo curso. Nadie advertía que no aprobaba exámenes ni hacía prácticas hospitalarias
En 1984 se casó con Florence, terminó de consolidar su apariencia de profesional y aseguró haber ingresado primero al Inserm y después a la OMS, en Ginebra. La historia cerraba para todos los que lo rodeaban. También nacieron sus hijos, Caroline y Antoine, mientras él repetía que su vida familiar era la única parte auténtica de su existencia
Trabajo ficticio, dinero real
Lejos de un empleo verdadero, Romand pasaba las jornadas en cafeterías, bibliotecas o rutas secundarias, a poca distancia de su casa. A veces viajaba y fingía asistir a congresos. Otras veces simplemente mataba el tiempo leyendo o durmiendo en hoteles cercanos al aeropuerto
Para sostener ese personaje vivía del dinero de sus padres y de la venta de un estudio que ellos le habían regalado. Más tarde dio un paso más: convenció a familiares cercanos de que podía colocar sus ahorros en Suiza con una rentabilidad elevada. Ese dinero nunca se invirtió. Se usó, en cambio, para financiar una vida de apariencia acomodada, con autos de alta gama, alquileres y gastos personales cada vez mayores
La red se resquebraja
En paralelo, mantuvo una relación con Corinne, a quien también hizo creer que tenía un puesto prestigioso y una vida brillante. La atrajo con regalos, cenas y una imagen de investigador respetado. Cuando ella le dijo que no lo amaba y que lo veía como un hombre demasiado triste, él volvió a refugiarse en otra falsedad: aseguró padecer cáncer
Ese nuevo engaño lo llevó a pedirle dinero a Corinne, que empezó a reclamar la devolución. Al mismo tiempo, Florence recibió señales indirectas de que algo no encajaba con el supuesto trabajo de su marido. La presión externa aumentó y Romand quedó acorralado por una trama que ya no podía sostener
La noche del desastre
La violencia comenzó en su casa. Primero atacó a Florence con un objeto contundente mientras ella dormía. A la mañana siguiente, mató a sus hijos. Luego fue hasta la casa de sus padres y les disparó. Más tarde intentó asesinar también a Corinne, pero ella logró sobrevivir. Cuando regresó a Prévessin, incendió la vivienda e intentó quitarse la vida con somníferos
Los bomberos lo rescataron a tiempo. La investigación terminó de reconstruir una secuencia escalofriante: no había ajuste de cuentas ni agresores externos, sino un hombre que había decidido borrar a toda su familia antes de enfrentar el derrumbe de su impostura
Juicio y condena
El juicio se celebró en junio de 1996. Romand pidió perdón a los suyos y admitió que no había soportado la idea de hacerlos sufrir con la verdad. El 2 de julio fue condenado a cadena perpetua, con 22 años de cumplimiento efectivo
En 2019, tras 26 años preso, obtuvo la libertad condicional. Pasó un tiempo en una abadía benedictina y luego se instaló en un pueblo de la región del Loira, donde llevó una existencia anónima