En un estudio publicado el año pasado, virólogos en China analizaron casi mil muestras de murciélagos conservadas en el Instituto de Virología de Wuhan y encontraron parientes del MERS, un coronavirus letal. Después demostraron que uno de esos virus podía entrar en células humanas por la misma vía que usan el SARS y el Covid-19

El trabajo se hizo con cultivos celulares y en condiciones de bioseguridad más bajas que las reservadas para los patógenos más peligrosos. Para la autora, ese caso resume un problema mayor: la investigación capaz de desatar una crisis sanitaria depende demasiado del criterio individual de científicos e instituciones, con pocas reglas vinculantes que la frenen

Un campo que crece más rápido que sus controles

La capacidad de manipular patógenos peligrosos se expandió en todo el mundo. Hoy operan al menos 53 laboratorios BSL-4 en 22 países, muchos en ciudades densamente pobladas, y la investigación de menor contención es todavía más numerosa y difícil de rastrear

Una revisión de 2024 contabilizó unos 300 casos de trabajadores infectados con los mismos agentes que estudiaban entre 2000 y 2021, aunque sus autores advirtieron que se trata apenas de una fracción del total real. Incluso en instalaciones de alta contención hubo escapes repetidos de SARS y virus similares

La autora también recuerda el episodio de Fort Detrick, en Maryland, donde un agujero en un traje hermético derivó en una investigación federal que detectó daños deliberados y otras fallas graves de seguridad. El laboratorio permaneció cerrado durante casi seis meses

El precedente más costoso

El debate sobre el posible origen de laboratorio del Covid-19 sigue abierto. Seis años después, las conclusiones oficiales continúan divididas entre la hipótesis zoonótica y la de un escape. Si esta última fuera correcta, el caso representaría el accidente más destructivo de la historia científica

Más allá del origen, la autora sostiene que la pandemia dejó claro que un virus no necesita ser especialmente mortal para causar un desastre: basta con que se propague con facilidad

Incentivos que empujan al riesgo

La discusión sobre la llamada ganancia de función se volvió un terreno confuso, porque el término abarca desde usos inocuos hasta experimentos que vuelven a un patógeno más transmisible o más letal. Para la autora, ese último grupo merece una vigilancia estricta

Critica además que los incentivos académicos y de financiamiento premien la rapidez, la novedad y la publicación, incluso cuando eso empuja a algunos equipos a trabajar con menos precauciones para ahorrar tiempo y costos

Las tres grietas de la regulación

Las nuevas reglas estadounidenses de julio de 2026 representan un avance, pero dejan tres vacíos centrales. El primero es la investigación financiada de manera privada, que no queda obligada del mismo modo que la que recibe dinero federal

El segundo es la autoridad real: la evaluación de riesgos sigue muy dependiente de las propias agencias financiadoras y de lo que reporten los investigadores, en lugar de un estándar obligatorio aplicado desde el inicio

El tercero es el alcance. La búsqueda de virus nuevos en la naturaleza, incluida la realizada en el extranjero, queda fuera de la categoría sometida a revisión independiente, pese a que allí también pueden surgir experimentos peligrosos

Lo que falta: un regulador independiente

La propuesta más ambiciosa sería crear un organismo autónomo con mandato de seguridad, capacidad de auditar laboratorios, conocer quién financia cada proyecto, qué antecedentes tiene cada institución y qué población vive cerca. La autora compara esa necesidad con la supervisión que ya existe para la energía nuclear, los alimentos o los medicamentos

Mientras tanto, sugiere ampliar la revisión sistemática, usar la influencia de los financiadores y de las revistas para endurecer los controles y cerrar las zonas grises que hoy permiten que el trabajo riesgoso siga avanzando sin un control real

Su conclusión es directa: si vuelve a ocurrir una fuga catastrófica, no será por falta de advertencias

Alina Chan fundó una organización sin fines de lucro dedicada a rastrear la investigación de patógenos y es autora de “Viral: The Search for the Origin of Covid-19”