La Chola Poblete tiene 38 años y vive desde hace cuatro en la torre-cúpula de un edificio de 1933, en pleno microcentro porteño. Desde allí, entre la Plaza de Mayo y el Obelisco, encontró el escenario perfecto para una vida que, como su obra, combina identidad, potencia y transformación
Formada en Artes Visuales en la Universidad Nacional de Cuyo, primero se hizo un nombre en el circuito cuyano con trabajos atravesados por el racismo y la identidad. El salto a Buenos Aires llegó después del reconocimiento que obtuvo en arteBA 2017 con "American Beauty", una performance crítica del capitalismo y del mercado del arte
Un comienzo duro en la ciudad
La mudanza no fue sencilla. Extrañó a su madre y a su hermana, vivió con poco dinero y recibió ayuda con envíos de comida cuando podía. También enfrentó prejuicios por ser una mujer trans: al buscar alquileres o moverse por la ciudad, muchas veces le asignaban identidades ajenas y estigmatizadas
El día que cambió todo
En 2022, su paso por ARCOmadrid la llevó a un encuentro decisivo con la reina Letizia. Vestida con un poncho, le habló de un reencuentro simbólico después de más de cinco siglos y la monarca recorrió su obra junto a ella, con una cercanía que marcó la escena
Ese episodio terminó de instalarla en otro nivel de visibilidad. Después llegaron el premio Banco Ciudad por "Pop Andino", el galardón Deutsche Bank como "Artista del año" y la Bienal de Venecia, donde presentó las acuarelas "Vírgenes cholas" y recibió una mención honorífica
Una carrera que no frenó
En ese recorrido también hubo viajes, ferias, encuentros con curadores y reconocimientos en Europa. La agenda la llevó incluso a Milán, donde fue agasajada en una comida vinculada a Armani, y a Barcelona, donde grabó un disco con su "Manifiesto Pop Andino"
Ella misma admite que la velocidad de todo la obligó a aprender sobre la marcha. Hoy intenta cuidar más su salud mental y no dejar que el vértigo marque el ritmo de su trabajo
Familia, dolor y obra
Su principal sostén sigue siendo su madre, a quien reconoce como la persona que la ayudó a moverse sin prejuicios entre distintos mundos. También recuerda que su transición se dio dentro del arte, en un contexto que le abrió puertas, algo que no ocurre con todas las chicas trans
En su vida afectiva arrastra otra herida: la ausencia de su padre, que se fue a Chile poco después de su nacimiento. Lo buscó años después, viajó para verlo y encontró un vínculo imposible de sostener. Esa experiencia, como otras, terminó transformándose en materia artística
De ahí nació La Chola como alter ego y como respuesta a sus preguntas sobre qué quería hacer con el arte y con su identidad. Reivindica una palabra que antes se usaba de manera despectiva, la cruza con sus raíces bolivianas y chilenas, y la convierte en bandera
Hoy sigue trabajando entre la performance y la acuarela, un lenguaje que para ella también habla de cambio y fluidez. Entre el taller y el departamento que alguna vez llenó de reuniones, comidas y fiestas, busca seguir creciendo sin perder el centro