En Kiev, muchos vuelven a pasar la noche en estaciones de metro abarrotadas o dentro de vehículos estacionados bajo tierra. La razón es simple: Rusia lanza cada vez más misiles balísticos e hipersónicos, y Ucrania dispone de menos munición para frenarlos

Esa carencia ya no es solo un problema ucraniano. Es la señal más visible de una escasez de interceptores que afecta a Estados Unidos y a sus aliados. La tensión también explica la cautela de Donald Trump en torno a una eventual reanudación de la confrontación con Irán

Arsenales vacíos, plazos largos

Varios socios de Washington están preocupados. Suiza calcula que su pedido de Patriot podría demorarse hasta siete años. Taiwán teme que los misiles encargados hace tiempo no lleguen cuando estaban previstos. Lockheed Martin, fabricante del PAC-3 MSE, admite que no puede garantizar entregas puntuales a clientes extranjeros

El problema no nació este año. La guerra aceleró un desajuste que venía acumulándose desde hace décadas: industrias de defensa que producen a ritmo de paz, presupuestos rígidos y una confianza excesiva en la superioridad aérea estadounidense

Según estimaciones citadas por centros de análisis, el Pentágono habría consumido cerca de dos tercios de su reserva previa de Patriot, además de una cantidad importante de otros interceptores. Reponerlos podría llevar hasta 2029, y eso suponiendo que el Congreso apruebe el fuerte aumento de gasto que pide la Casa Blanca

Defender cuesta más que atacar

Los Patriot se han convertido en la principal defensa puntual para 19 países. Pero su utilidad choca con una realidad incómoda: los misiles que deben derribar suelen ser mucho más baratos que el interceptor. En muchos casos, además, se disparan dos proyectiles defensivos para aumentar las probabilidades de acierto

Ucrania ha armado una defensa por capas. Puede frenar drones y gran parte de los misiles de crucero, pero los Iskander-M y Kinzhal rusos exigen el uso de Patriot. Y ahí la presión se nota: en marzo, Kiev decía derribar cerca del 70% de los misiles balísticos; en julio, la tasa bajó al 20%, y en agosto el panorama empeoró aún más

Ante el invierno, Ucrania ha pedido al menos 300 interceptores Patriot. Algunos países europeos aún conservan existencias relevantes, pero cada vez son más reacios a cederlas

Más producción, pero no bastante

La salida más obvia es fabricar más rápido. Los productores aceptaron elevar la fabricación anual de PAC-3, pero el salto llevará años y todavía faltan contratos cerrados para acelerar el proceso

Japón produce interceptores PAC-3 bajo licencia. Alemania se prepara para fabricar versiones más antiguas del sistema. También aparecen proyectos nuevos, como Freyja, que busca un interceptor más barato y sin tecnología estadounidense, aunque los escépticos dudan de su viabilidad

Otros países intentan avanzar con diseños propios, como Taiwán con sus Sky Bow, mientras Lockheed Martin prepara una versión más pequeña y menos capaz del PAC-3, pensada para abaratar costes. Aun así, ninguna de estas alternativas resuelve el vacío inmediato

Atacar la fuente del fuego

La otra vía es golpear al lanzador antes de que dispare. Pero también ahí existen límites. Estados Unidos ha gastado una parte importante de sus misiles ofensivos de largo alcance, y las entregas a varios aliados pueden sufrir retrasos

En una guerra futura contra China, el desafío sería todavía mayor. Los misiles chinos pueden alcanzar bases lejanas y buques en el Pacífico. Responder contra las unidades que los operan implicaría arriesgar una escalada directa, incluso nuclear

Mientras tanto, la lección es clara: en un mundo saturado de drones y misiles baratos, proteger, dispersar y ocultar objetivos se vuelve esencial. Y aun así, las soluciones llevarán tiempo. En Ucrania, la población sigue refugiándose bajo tierra, a la espera de otro invierno peligroso