En verano, cuando los incendios se acercan a la Escuela N° 25 de Villa Futalaufquen, en Chubut, los recreos cambian de rutina. En vez de jugar, algunos chicos miran desde el paredón el paso de helicópteros, brigadistas y guardaparques. Esperan que el fuego no avance y siguen de cerca a quienes lo combaten

Hace dos décadas, esa misma escuela, ubicada dentro del Parque Nacional Los Alerces y a unos 50 kilómetros de Esquel, empezó a producir plantas nativas para recuperar las zonas afectadas por incendios. Hoy participan 38 estudiantes, desde nivel inicial hasta la secundaria, junto con sus familias

Un vivero nacido del incendio

El proyecto comenzó en 2006, después de un incendio ocurrido en marzo de 2005 que afectó unas 40 hectáreas en los alrededores de la escuela. La emergencia movilizó a docentes, alumnos y familias, pero también dejó una pregunta que marcó el rumbo de la experiencia: qué podía hacer la comunidad educativa para ayudar a recomponer el bosque

Uno de los impulsores fue Boris Sáez, maestro de Orientación Agraria. La idea inicial era producir alrededor de 300 plantines de especies nativas. La primera plantación llegó en 2009 y, desde entonces, el vivero se volvió parte de la vida cotidiana de la escuela

La iniciativa recibió el Premio Presidencial Escuelas Solidarias en 2009 y 2019. En total, ya superó los 32.000 árboles plantados dentro del Parque Nacional Los Alerces. También hubo donaciones a otras escuelas, plantaciones en espacios públicos de Esquel y Trevelin, e intervenciones en zonas afectadas por incendios como Cholila, Epuyén y Lago Puelo

Semillas, espera y montaña

En el vivero se producen más de 15 especies propias del bosque andino patagónico, entre ellas radal, maqui, notro, ñire, chacay, michay, calafate, alerce, maitén, araucaria y ciprés de la cordillera. Una parte de esos ejemplares se planta; otra se vende para sostener el proyecto

El proceso es largo. Primero, las semillas se colocan en una almaciguera con pinocha y hojas. Después pasan un año allí, luego dos años más en macetas y, cuando ya tienen cuatro años, llegan a la montaña. Entre la semilla y el árbol plantado pueden pasar varios años

La experiencia también enseña a esperar. No siempre quien inicia el proceso es quien lo termina: una camada de estudiantes puede dejar plantas que otros compañeros cuidarán hasta llevarlas al bosque

Cuando llega el momento de plantar, alumnos y docentes hacen una caminata desde la escuela hasta la montaña, cargando mochilas con uno, tres o siete árboles, según la jornada

Aprender haciendo

El vivero forma parte de la jornada escolar y atraviesa distintas materias. Los estudiantes observan floraciones y clasifican semillas en Biología, calculan porcentajes de germinación en Matemática, elaboran materiales de difusión en Tecnología, realizan senderismo en Educación Física y trabajan costos e ingresos en Economía. También practican vocabulario en Inglés

La propuesta se apoya en la lógica del aprendizaje-servicio solidario: aprender contenidos curriculares mientras se responde a una necesidad concreta de la comunidad. La escuela recibe acompañamiento de CLAYSS, que desde hace años sigue el desarrollo del proyecto

Para el docente responsable, Luis “Pela” Almendra, una de las claves es que los chicos conocen de cerca cada árbol que plantan y construyen un vínculo de cuidado con el lugar donde viven

Un proyecto que sigue necesitando apoyo

El vivero se financia con donaciones y con la venta de ejemplares nativos en ferias y en la propia escuela. Con esos fondos compran macetas, herramientas, tierra y otros insumos. La Secretaría de Bosques de Chubut acompaña la experiencia desde 2015, y también hay trabajo conjunto con Parques Nacionales para autorizar cada plantación y facilitar traslados o materiales

Uno de los desafíos actuales es la falta de un sombráculo para proteger a los plantines. En 2022, una nevada derrumbó la estructura anterior y todavía no pudieron reconstruirla. El costo estimado ronda los 6 millones de pesos, y ya reunieron cerca de la mitad mediante donaciones y ventas

El resguardo es importante porque las plantas jóvenes necesitan protección tanto del frío del invierno como del sol intenso del verano

De un docente a otro

La continuidad del vivero también atravesó otra transición: la jubilación de Boris Sáez. Almendra, que llegó a la escuela como docente suplente, se fue acercando al proyecto hasta hacerse cargo. Durante la pandemia, ambos siguieron yendo a cuidar las plantas cuando la escuela estaba cerrada

Para la comunidad educativa, el recambio fue clave. Muchos proyectos dependen de una sola persona y desaparecen cuando esa persona se va. En este caso, la apuesta fue sostener la experiencia con el mismo espíritu y la misma dinámica

“Plantar un árbol no es solamente un deseo o una acción individual”, resume Almendra. “Es una acción para el mundo”

Después de 20 años y más de 32.000 árboles, en Villa Futalaufquen la espera también se volvió una forma de enseñar: sembrar, cuidar, regresar y volver a empezar para ayudar a que el bosque se recupere