Era el verano de 2003 y yo acababa de salir del secundario. En la oficina de una empresa del microcentro porteño conocí a una mujer de 29 años que caminaba como si cada paso definiera el resto de la escena: tacos altos y finos, medias negras de lycra, falda tubo, camisa de poplín y cartera al hombro

Tenía el pelo castaño, corto y apenas ondulado; los ojos marrones, redondos; y una boca que solía llevar pintada de rojo. Trabajaba como secretaria del dueño y cumplía ese rol con una mezcla de elegancia y dureza: pagaba proveedores, negociaba descuentos, organizaba encargos y me daba instrucciones para las tareas más simples, desde cargar gastos hasta pasar cheques a Excel

Una autoridad que se construía

Me llamaba Chipi, o algo muy parecido. Ese trato era solo para mí. Con el resto, exigía distancia: quería puertas golpeadas antes de entrar, saludos formales y ningún exceso de familiaridad. Muchas veces no lograba imponerlo, pero insistía

Hablaba inglés, francés y portugués. También hablaba con desdén. Repetía que la ropa forma parte de la ambición y que había que vestirse para el puesto deseado, no para el que uno ocupaba. Usaba el cuerpo como una herramienta, se mostraba segura de sus modales y de su formación, y al mismo tiempo resultaba soberbia, reservada, envidiosa, cruel y lúcida

Una vez, al terminar el año, su jefe le regaló una computadora portátil. Yo le dije que qué suerte. Ella me corrigió enseguida: no era suerte, me pidió que mirara mejor. No tenía el poder que pretendía, pero se aferraba a fabricarlo

La vida como movimiento

Conmigo hablaba de películas, música y libros. Me mostraba fotos de sus viajes, que hacía sola, y regresaba con historias que me parecían lejanas. Yo esperaba el verano para ir a Pinamar; ella, en cambio, parecía vivir siempre en otra parte

También me enseñaba el contenido de su cartera, que llevaba lleno de cosas que yo no entendía. Sacaba fotos de su cuerpo y me preguntaba si yo hacía lo mismo, si realmente me conocía. Estaba enamorada de un hombre con el que se peleaba y se reencontraba todo el tiempo, y salía con otras personas que consideraba dignas de esa oportunidad porque no quería detenerse

Yo apenas salía del secundario e iba los fines de semana al mismo bar, a ver siempre las mismas caras. Ella casi no hablaba de sus padres ni de su infancia, pero sí de un amigo que había muerto

Eso también me llevó a pensar en la muerte. Yo creía que lo duradero era una virtud; a los 15 había decidido incluso usar un perfume para siempre

Ella hacía lo contrario: probaba todo y al día siguiente me decía que tenía que intentarlo

El gesto final

Hacía deportes con la misma seriedad con la que atendía el teléfono y siempre decía su nombre completo para evitar errores. Le importaban los detalles. Tomaba clases de baile del caño y una vez hizo un show al que me invitó. Fue en la presentación de la marca de accesorios sexuales de una amiga: bailó vestida de negro, elástica, firme, sensual

Cuando me despedí para irme, me regaló algo. Habíamos trabajado juntas menos de tres años. Después yo me fui a una editorial pequeña en Montserrat y ella se alegró por mí. De ese tiempo me quedó la imagen de una mujer que no se quedaba quieta: una jefa, una buscadora, una presencia que todavía hoy sigo recordando