Una misión diplomática con objetivos comerciales

Desde 1919, la vida de Eduardo de Windsor quedó marcada por los viajes y la representación de la corona británica. Tras una misión en Sudáfrica que había sido bien recibida, recibió de su padre, el rey Jorge V, la orden de viajar a América del Sur para visitar Argentina y Chile

La escala tenía una finalidad oficial: retribuir la visita que Marcelo T. de Alvear había hecho a Londres en 1922. Pero también había un propósito más estratégico: impulsar el comercio entre Gran Bretaña y la Argentina en un contexto en el que Estados Unidos ganaba terreno en el mercado internacional

Eduardo, nacido en 1894, llevaba desde 1911 el título de Príncipe de Gales y estaba primero en la línea de sucesión. Aunque conocía algo de alemán y había tomado clases de español, todavía le costaba el francés

Buenos Aires lo recibió con entusiasmo

Cuando llegó al puerto el 17 de agosto de 1925 a bordo del Repulse, una multitud lo esperaba con gran entusiasmo. Desde los edificios altos se soltaron palomas, mientras la ciudad seguía con atención cada paso de la visita

La agenda no dio respiro. Recorrió la red de subterráneos, asistió a banquetes, pasó por instituciones británicas y argentinas, visitó la Sociedad Rural, la Escuela Militar, el Hospital Británico, el Colegio San Andrés y el Club del Progreso. En Plaza Constitución colocó una piedra fundamental para las obras de reconstrucción de la estación

También asistió a funciones en el Teatro Colón y en otros teatros porteños. En más de una ocasión fue visto cansado, incluso dormido, aunque se lo notó especialmente animado en un partido de polo en Hurlingham

El cansancio detrás de la ceremonia

La acumulación de actos y recepciones terminó por incomodarlo. En una carta a su madre escribió: “De ninguna manera puedo competir con todo, o ser natural o alegre, cuando no me tratan como a un ser humano”

Su comportamiento fue dejando ver el desgaste: llegadas tardías, gestos de aburrimiento, silencios prolongados y una necesidad cada vez más evidente de estar solo. En un momento llegó a eludir a quienes lo seguían para quedarse durante una hora sin vigilancia

Durante la gira por el interior pasó por La Plata, Chapadmalal, Mar del Plata, Itá Caabó, en Mercedes, y Huetel. En esta última estancia llegó por la mañana, durmió hasta el mediodía, escuchó canciones camperas interpretadas por Gardel-Razzano, tocó el ukelele y comió asado con cuero acompañado por whisky

Un vínculo particular con la Argentina

En esa estadía también aprendió a bailar tango y se volvió admirador de Julio de Caro. En Ciro’s Club se conocieron, y luego el príncipe siguió pidiéndole que tocara “Buen amigo”, un tango compuesto ese mismo año

Su paso por la Sociedad Rural dejó además una escena recordada: una joven, Ernestina Gómez Cadret, le pidió un pañuelo de seda roja que sobresalía de su bolsillo. Él se sorprendió, respondió en francés que estaba usado y finalmente se lo regaló

Ya hacia el final del viaje, la sobreexposición lo había agotado. La posibilidad de interrumpir la gira y volver a Londres llegó a ser conversada con su secretario privado. También se envió un telegrama al embajador británico en Chile para reducir al mínimo las apariciones públicas en la escala final

Después de la gira

Eduardo regresó a su país el 16 de octubre de 1925. Volvió a la Argentina en marzo de 1931, esta vez junto a su hermano, y la experiencia fue aún peor: el calor, los retrasos y su vestimenta inadecuada alimentaron el malestar general

Tras la muerte de su padre, subió al trono el 20 de enero de 1936. Meses más tarde abdicó, el 11 de diciembre del mismo año, para casarse con la estadounidense Wallis Simpson. Así quedó definitivamente apartado de la vida palaciega