Donald Trump convirtió durante años la idea de que sus adversarios “roban” elecciones en una pieza central de su relato político. La sostuvo tras su triunfo de 2016, la repitió con más fuerza después de su derrota de 2020 y volvió a usarla en 2024
Ahora enfrenta una votación distinta: su nombre no estará en las boletas, pero las legislativas de medio término suelen funcionar como un examen directo sobre el presidente en ejercicio. Y esta vez llegan con el Partido Republicano controlando ambas cámaras
Un momento incómodo para la Casa Blanca
Trump atraviesa una etapa de fuerte desgaste. Sus niveles de aprobación son más bajos, a esta altura de su segundo mandato, que los de cualquier otro presidente estadounidense de los últimos 80 años en una situación comparable, con la única excepción de Richard Nixon antes de su renuncia en 1974
Pese a ello, no parece enfocado en blindar a su propio partido. En los últimos meses volvió a insistir con denuncias nunca comprobadas sobre supuestas manipulaciones electorales, pidió nuevas reglas de identificación para votar y presionó al Congreso para avanzar con medidas que incomodan incluso a varios republicanos
También ha intervenido en las internas del partido, empujando a retirarse a legisladores con peso propio y favoreciendo a aspirantes más fieles a su figura que a las chances reales de victoria. A la vez, ha complicado la tarea de los líderes republicanos en la Cámara baja y el Senado al exigirles posiciones impopulares o proyectos sin salida legislativa
El foco está en otra parte
Mientras tanto, Trump ha dedicado buena parte de su energía a asuntos personales: un nuevo salón de baile para la Casa Blanca, monumentos en Washington y venganzas contra enemigos políticos. En paralelo, ha dejado en segundo plano el malestar por la inflación, sostenida también por su guerra contra Irán y por la política arancelaria
El escenario electoral aparece cuesta arriba para los republicanos. Los demócratas tienen grandes posibilidades de recuperar la Cámara de Representantes, lo que les daría herramientas para controlar el gasto público e impulsar investigaciones sobre el presidente y su administración. Incluso podrían abrir la puerta a un tercer juicio político
La pulseada por el Senado está más abierta, pero una victoria opositora allí también limitaría la capacidad de Trump para avanzar con nombramientos clave, desde altos cargos del Ejecutivo hasta jueces y eventuales vacantes en la Corte Suprema
Después del voto, otra pelea
Si Trump da señales de resignación, no es por moderación sino por cálculo. Sabe que, una vez cerradas las urnas, volverá a cuestionar el resultado, impugnará las contiendas más ajustadas, sembrará dudas sobre máquinas y autoridades electorales y buscará instalar que fuerzas extranjeras favorecieron a sus rivales
Pero esas objeciones no alterarían el resultado final. En Estados Unidos, la administración electoral depende de los estados y no del gobierno federal. Por eso, aun con el ruido político que produzca Trump, los votos serán contados y los ganadores asumirán sus bancas
Los tribunales deberían rechazar sus impugnaciones, y dentro del propio Partido Republicano ya empezará a pensarse la etapa posterior. Figuras como JD Vance y Marco Rubio, entre otros, buscarán despegarse de una influencia que empieza a perder fuerza
Sin Trump como eje, también los demócratas deberán reordenarse. Y fuera de Washington, aliados y rivales de Estados Unidos comenzarán a medir cómo podría cambiar el rumbo del país con un próximo presidente republicano o demócrata
Trump seguirá siendo una figura dominante en la política estadounidense, pero estas legislativas pueden marcar el inicio del final de su ciclo como fuerza capaz de redefinir por sí sola la vida pública del país. Su capacidad de imponer el límite de lo posible parece haber tocado techo