Harry y Meghan dejaron Montecito tras seis años de residencia en ese exclusivo pueblo costero del condado de Santa Bárbara, en California. Para la duquesa, el lugar había sido un verdadero refugio seguro, pero su partida fue recibida con alivio por algunos vecinos

Montecito debe su nombre a un término arcaico del español que alude a un bosque o campo. Sus primeros asentamientos estables llegaron cuando soldados retirados del Presidio de Santa Bárbara recibieron parcelas como compensación, en lugar de pensiones de jubilación

Con el paso del tiempo, la pequeña aldea reunió posadas, tiendas, salones de baile y cantinas. Luego vinieron los cambios de soberanía: primero de España a México, en 1821, y más tarde a Estados Unidos, en 1848. Desde entonces, la zona empezó a atraer a agricultores y especuladores inmobiliarios

De pueblo a enclave de lujo

Hacia 1890, Montecito ya llamaba la atención de residentes adinerados de la costa este estadounidense, que levantaron casas victorianas de madera. Entre quienes se instalaron allí estuvo Isaac George Waterman, un magnate vinculado al carbón, el ferrocarril y el café, que compró 42 acres de tierras agrícolas para vivir allí por motivos de salud

En la década de 1920 llegó otra ola de nuevos vecinos, que introdujo las arquitecturas del Renacimiento Colonial Español y del Mediterráneo. Desde entonces, el lugar quedó asociado al polo, los clubes de campo, el tenis y la alta sociedad

La llegada de los Sussex

Harry y Meghan se mudaron en el verano de 2020, después de anunciar que darían un paso atrás como miembros activos de la familia real británica. La pareja compró una finca por 15 millones de dólares

La propiedad, con 16 dormitorios, bodega de vinos y garaje cerrado para cinco autos, fue presentada como un espacio íntimo y protegido. Las áreas comunes tenían vigas de madera a la vista y grandes ventanales para aprovechar la luz natural

La residencia también quedó fuera de las grabaciones del documental de Meghan, que no se realizó dentro de la casa

El malestar vecinal

La presencia de la pareja no pasó inadvertida entre algunos habitantes. Un vecino que vive en la zona desde 1974 describió el cambio del barrio como una deriva hacia un entorno cada vez más rico e insostenible. Y celebró sin rodeos la partida de los duques