Gustavo Mehl tiene 78 años y todavía vuelve, una y otra vez, a la misma historia. La de un viaje entre amigos que estaba pensado como una travesía placentera hacia Florianópolis y terminó con dos muertos, un único sobreviviente y una vida vista desde otro lugar
Un viaje preparado al detalle
La salida estaba prevista para julio de 2007. Gustavo iba a navegar con Daniel Bastit y Alberto, primo de él, a bordo del Don Raúl, un crucero oceánico de 20 metros de eslora. El plan incluía escalas en La Paloma y Río Grande, antes de llegar a Florianópolis para pasar una semana
El barco estaba bien equipado: combustible extra, 800 litros de agua potable, generador, balsa salvavidas, chalecos, linternas y cartas marinas. Nada parecía librado al azar
La tormenta que no estaba prevista
El primer golpe llegó por tierra: en la Guardia Costera uruguaya les entregaron un parte meteorológico equivocado. Salieron convencidos de que tendrían una navegación tranquila, pero se encontraron con vientos de hasta 40 nudos y olas de más de nueve metros
Gustavo recuerda ese tramo como la única vez en el viaje en la que sintió miedo. Dentro del barco, todo volaba. Daniel seguía al timón, incluso cantando para sostener el ánimo, mientras la embarcación soportaba el temporal
Deriva en la oscuridad
Tras esa primera tormenta, llegaron de madrugada a Río Grande. No pudieron entrar al puerto y anclaron afuera. Mientras dormían, el ancla cedió por la blandura del fondo y el barco quedó a la deriva durante más de cinco kilómetros
Cuando despertaron, ya estaban atravesando el canal sin advertirlo. Más tarde comprendieron que habían evitado un accidente mayor por pura suerte
El golpe final
Después de dos días en tierra, retomaron el viaje hacia Florianópolis. La jornada empezó bien: mar calmo, delfines, aves y hasta ballenas cerca del casco. Pero al caer la noche el viento volvió a intensificarse y la decisión fue rodear la isla por mar abierto
Gustavo se fue a dormir poco después de las siete de la tarde. Una hora más tarde, el casco raspó las rocas. El Don Raúl había chocado contra un islote y comenzó a desarmarse bajo el impacto del mar
Daniel pidió auxilio por radio con un “Mayday” desesperado, pero la comunicación se cortó enseguida. El techo se desprendía, la nave giraba y las piedras golpeaban cada vez con más fuerza
La noche sobre las rocas
Gustavo intentó alcanzar la balsa salvavidas, pero el sector donde estaba ya había sido arrancado. En medio del caos, una puerta le atrapó la mano derecha y le fracturó la muñeca. Después logró saltar hacia una piedra, aunque otra ola lo arrastró de nuevo
En una de esas corrientes, una soga se enredó en su pierna y evitó que siguiera hundiéndose. Logró aferrarse a una roca y escalar hasta una pared de casi 20 metros. Luego cayó sobre tunas y quedó cubierto de espinas, solo, mojado y con frío extremo durante toda la noche
A la mañana siguiente, debilitado, comió huevos encontrados en nidos de albatros para recuperar fuerzas. Más tarde vio restos del barco flotando cerca del lugar del impacto
El rescate y la culpa
Horas después logró llamar la atención de guardafaunas y luego de un hombre en moto de agua que se acercó para rescatarlo. Cuando finalmente lo subieron, estaba al borde de la hipotermia y con el cuerpo lleno de espinas
Al día siguiente encontraron los cuerpos de Daniel y Alberto a casi 60 kilómetros del impacto. Gustavo volvió a la Argentina tres días después y atravesó una larga etapa de culpa y duelo. Con ayuda profesional, empezó a hablar de lo vivido y, con el tiempo, escribió un libro sobre la experiencia
Hoy dice que aprendió a valorar más los afectos que el dinero. Cada 18 de julio, la fecha del naufragio, lo recuerda como su segundo nacimiento