Nueve años después del atentado en La Rambla de Barcelona, Pablo Abecasis sigue organizando su vida alrededor del miedo. Evita las multitudes, entra al supermercado cuando hay menos gente y convive con sobresaltos que todavía le alteran el cuerpo antes que la cabeza

El día en que todo se quebró

El 17 de agosto de 2017, Abecasis trabajaba en un quiosco de La Rambla cuando una furgoneta irrumpió sobre la vereda y embistió a quienes estaban alrededor. El ataque dejó 13 muertos en ese lugar y formó parte de una serie de atentados que, en total, causaron 16 víctimas fatales y centenares de heridos

Él recuerda la tarde como una sucesión de segundos: el ruido, la gente corriendo, los exhibidores volando y el golpe que lo arrojó contra el parabrisas y después al suelo. La violencia del impacto le provocó contusiones y, según cuenta, también lesiones en la zona cervical y lumbar

Volver no significó recuperarse

Originario de Ramos Mejía, se había instalado en Barcelona en 2007 junto a su pareja. Antes del ataque trabajó en un restaurante y luego en el quiosco de La Rambla, cerca de Canaletas. Después de lo ocurrido intentó retomar la rutina en el mismo lugar, por indicación de profesionales de salud mental

Pero cada ruido fuerte podía hacerlo tirarse al piso o dispararle una crisis de ansiedad. Con el tiempo, las secuelas también se instalaron en su vida diaria: insomnio, medicación, temor a salir de casa y dificultad para permanecer entre mucha gente

Una vida reducida al mínimo

Hoy vive en Nou Barris, a unos veinte minutos del centro de Barcelona, y recibe una ayuda estatal. Dice que inició varios reclamos judiciales por las consecuencias del atentado, aunque perdió la mayoría. También asegura que durante mucho tiempo tuvo que discutir con médicos, peritos y aseguradoras para que reconocieran que sus lesiones estaban vinculadas con el ataque

Abecasis sostiene que se sintió desamparado por el sistema de salud y por la cobertura laboral. Cuenta que incluso una resonancia tardó casi un año y que, al principio, la mutual se negó a atenderlo

Las secuelas que no terminan

Antes del atentado, salía, iba a la playa y caminaba por la montaña. Hoy dice que incluso meterse al agua puede provocarle desesperación. Para su entorno, sobrevivir ya es una forma de victoria; para él, la vida quedó partida en dos y no volvió a ser la misma persona

La condena judicial a integrantes de la célula yihadista vinculada a los ataques no alcanzó para reparar lo que arrastra desde aquel día. Lo que persiste, dice, no es solo el recuerdo: es una forma de vivir limitada por el trauma