El ser humano evolucionó para moverse por necesidad: cazar, recolectar y explorar. El ejercicio planificado, en cambio, es una práctica mucho más reciente. La tecnología redujo buena parte de las actividades que antes exigían esfuerzo físico, pero mantenerse activo continúa siendo fundamental para la salud física y mental

A nivel global, uno de cada tres adultos y ocho de cada diez adolescentes no alcanzan los niveles mínimos de actividad física recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Además, el 90 % prefiere utilizar el ascensor antes que las escaleras y solo la mitad de quienes se proponen hacer ejercicio consigue cumplir su objetivo

La voluntad no parte igual para todos

La dificultad para levantarse del sofá no puede explicarse únicamente por la falta de disciplina. Estudios realizados con gemelos indican que cerca del 60 % de la capacidad de autocontrol está condicionada genéticamente

Estas predisposiciones pueden influir en la forma en que cada persona percibe el esfuerzo, el placer y la incomodidad asociados con la actividad física. El cerebro también tiende a privilegiar las conductas que requieren menos energía, especialmente cuando no existe una recompensa inmediata que compense el esfuerzo

El modelo de los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky distingue entre un sistema rápido e intuitivo y otro más lento y analítico. Aunque decidir hacer ejercicio requiere planificación, esa elección está atravesada por mecanismos inconscientes que pueden favorecer la comodidad y el ahorro energético

Biología, experiencias y entorno

La dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer y la tolerancia al esfuerzo, participa en la motivación para moverse. También pueden influir las diferencias individuales del sistema dopaminérgico, la composición de la microbiota intestinal y la actividad física realizada por la madre durante el embarazo

Sin embargo, la biología no explica todo. Las experiencias negativas, las inseguridades corporales y el contexto social pueden modificar la confianza y el vínculo emocional con el ejercicio. Incluso dos gemelos idénticos pueden desarrollar respuestas muy distintas frente a la actividad física

Reconocer estos factores no implica asumir una postura fatalista. Al contrario, permite dejar de interpretar la inactividad como una falla moral y prestar más atención a las circunstancias que facilitan o dificultan el movimiento

El lugar donde se vive también influye

El diseño urbano puede ampliar las diferencias existentes. Un estudio realizado con más de 4.000 menores en España mostró que quienes viven en barrios de menor nivel socioeconómico y con poca accesibilidad peatonal tienen menos minutos de juego al aire libre y participan menos en actividades deportivas

Por eso, las estrategias para promover la actividad física buscan intervenir desde las primeras etapas de la vida. La práctica de ejercicio durante el embarazo, una educación física adecuada y el acceso universal a espacios recreativos pueden ayudar a compensar desventajas biológicas y contextuales

Los entornos sociales, las normas, las escuelas y los espacios públicos pueden convertirse en aliados de la motivación. En Cluj-Napoca, Rumania, por ejemplo, algunas personas pueden obtener un billete de autobús después de realizar 20 sentadillas. La iniciativa ya entregó más de 200.000 billetes y convirtió el esfuerzo en una experiencia asociada con una recompensa inmediata

Una responsabilidad compartida

La libertad de elegir una vida activa no depende solo de una decisión individual. También se construye mediante entornos que hagan más sencillo caminar, jugar, practicar deportes y encontrar recompensas en el movimiento

En lugar de repetir que todo se resuelve con fuerza de voluntad, el desafío consiste en crear condiciones que ayuden al cerebro a elegir la actividad física con mayor frecuencia