La temporada de huracanes en Estados Unidos vuelve a activarse y, con ella, reaparece una costumbre que parece simple pero cumple una función central: poner nombre a los fenómenos para comunicarlos mejor. En el Pacífico, la secuencia de ciclones avanza con rapidez, y detrás de cada denominación hay una lógica pensada para informar, evitar confusiones y dejar registro
Nombrar no sirve solo para diferenciar. También organiza relatos. En tormentas, operaciones militares, enfermedades o incluso empresas, el nombre ayuda a fijar una identidad y a transmitir una idea concreta en muy poco espacio
Nombres para alertar y ordenar
La agencia meteorológica mundial que coordina la nomenclatura de los ciclones sostiene que asignar nombres es la forma más rápida de difundir alertas y reforzar la preparación pública. También facilita el trabajo de seguimiento, investigación y archivo, sobre todo cuando hay más de un sistema activo al mismo tiempo
Los ciclones tropicales se nombran a partir de listas alfabéticas acordadas con anticipación por cinco organismos regionales. Algunas listas se repiten cada pocos años; otras se renuevan anualmente. En la cuenca atlántica se omiten las letras Q, U, X, Y y Z porque es difícil encontrar ejemplos. Hasta 1979, Estados Unidos usó solo nombres femeninos; desde entonces alterna entre femeninos y masculinos
La guerra también se nombra
Los nombres de operaciones militares nacieron como códigos para mantener el secreto y distinguir una misión de otra. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill impulsó un cambio: los nombres no debían sonar vanidosos, frívolos ni sugerir el carácter de la operación. Debían ser neutrales y no ofrecer material para el desprecio o la burla
Con el tiempo, las prácticas se separaron. Reino Unido pasó a usar códigos automáticos, mientras que Estados Unidos conservó denominaciones más evocadoras. Eso explica por qué una misma acción conjunta puede terminar con nombres distintos. En la guerra del Golfo de 1991, por ejemplo, la versión estadounidense fue “Operation Desert Storm” y la británica, “Operation Granby”
En décadas recientes aparecieron nombres más llamativos, como “Operation Epic Fury”. También hubo críticas a rótulos usados en redadas migratorias o centros de detención. El problema no es menor: un nombre puede legitimar, tranquilizar a la audiencia propia, reforzar una coalición o, si se elige mal, generar rechazo
Cuando el nombre queda marcado
Un mal criterio puede obligar a corregir una denominación. La campaña posterior al 11 de septiembre iba a llamarse “Operation Infinite Justice”, pero se cambió por “Operation Enduring Freedom” ante el riesgo de ofender a aliados en Medio Oriente. La idea de justicia infinita podía chocar con creencias religiosas que reservan ese atributo a Dios
En meteorología, no todos los nombres están pensados para durar. Cuando una temporada agota la lista disponible, se recurre a nombres de respaldo. Y si una tormenta causa daños extremos o una gran cantidad de muertes, su nombre se retira y ya no vuelve a usarse. Entre los casos más conocidos están Sandy y Katrina, reemplazados por nuevas denominaciones
Enfermedades y estigmas
El criterio también cambió en salud pública. Durante años, muchas enfermedades se bautizaban con nombres de lugares o de personas vinculadas a su identificación. Hoy, la Organización Mundial de la Salud desaconseja esa práctica para evitar estigmas y asociaciones dañinas. El giro refleja que un nombre puede fijar percepciones difíciles de desmontar
Hay pocos estudios sobre el impacto exacto de estas decisiones, pero especialistas en meteorología y comunicación advierten que el desafío crecerá con eventos climáticos cada vez más extremos. Una posibilidad en algunos países es abrir la elección a la participación ciudadana, como ocurre en el Reino Unido e Irlanda, donde cualquiera puede proponer nombres para futuras tormentas