El arte y sus bordes
Víktor Shklovski volvió a aparecer como una clave para pensar viejas discusiones de teoría literaria: el arte como artificio, la forma, la autonomía de la obra. Desde esa mirada, la pregunta no pasa por exigirle todo al artista, sino por distinguir entre conducta y creación
En esa lógica se inscribe una postura clara: se puede reprochar la vida pública de un músico, un cineasta o un escritor, sin renunciar por completo a su obra. Las acusaciones contra Woody Allen, las denuncias que rodean a Michael Jackson, las salidas violentas de figuras como Noel Gallagher o las dudas sobre el carácter de grandes nombres de la cultura no borran, por sí solas, lo que produjeron
La fuerza de una canción
En el caso de Rosalía, la expectativa estaba puesta en la música. No en la polémica previa por sus críticas a la Argentina tras la final del Mundial, ni en el ruido de redes, los reposts o las disculpas posteriores, sino en lo que sucede cuando canta
La escena de Mio Cristo Piange Diamanti condensa esa idea: el vestido blanco, el manto blanco, el cabello oscuro y enrulado, una presencia casi litúrgica y una voz capaz de romper el aire. En italiano, Rosalía estira la nota hasta volverla extraña, ajena a lo natural, y lleva la interpretación al límite
Cuando entona “¿cuántos golpes te han dado que deberían haber sido abrazos? ¿Y cuántos abrazos has dado que podrían haber sido golpes?”, la canción deja de ser solo una canción y se vuelve sacudida. Después, con el “sempre, sempre”, la artista parece quedar suspendida sobre la punta de los pies, en el borde mismo de lo desconocido
Ahí está, para quien la mira así, el centro de todo: no la controversia, no la periferia, sino Rosalía como obra en acción