Todas las personas atraviesan crisis a lo largo de la vida. Algunas llegan en la adolescencia y otras se presentan en la adultez, tras un cambio importante o en momentos de revisión personal

Bernardo Stamateas las ordena en tres grandes áreas: identidad, autoestima y autonomía. En cada caso, advierte, el desafío no es negar lo que pasa, sino entenderlo y darle un nuevo lugar

Crisis de identidad: cuando aparece la pregunta por quiénes somos

La primera suele surgir con fuerza en la adolescencia, aunque también puede volver en la adultez. Ocurre, por ejemplo, al cerrar una etapa de la vida, al revisar logros y pendientes, o después de una separación

En esos momentos, la persona puede preguntarse qué quedó de sí misma fuera de una relación, de un trabajo o de una rutina compartida. Stamateas sostiene que conviene desconfiar de los relatos demasiado cerrados sobre la propia historia, porque cada persona es más que una lista de aciertos y fracasos

Después de un divorcio, por caso, también puede hacerse visible esta crisis: cambian los hábitos, se rompen rituales y hace falta construir escenarios nuevos

Crisis de autoestima: el cuerpo cambia y la mirada también

La segunda crisis aparece cuando la relación con el propio cuerpo se vuelve incómoda. Puede comenzar en la adolescencia, con los cambios hormonales y físicos, pero no termina allí: vuelve en distintos momentos de la vida adulta

El paso del tiempo modifica la forma en que cada uno se percibe. A los 30, 40 o 50 años, el cuerpo ya no es el mismo y eso puede impactar en la aceptación personal

Para Stamateas, esta transformación forma parte de la experiencia humana y exige adaptación. La autoestima, dice, también se reacomoda con el tiempo

Crisis de autonomía: depender menos y sostenerse más

La tercera crisis tiene que ver con la dificultad para valerse por uno mismo. Aparece en personas que sienten que necesitan validación constante, compañía permanente o respuestas inmediatas de los demás

Detrás de esa demanda puede haber rasgos de codependencia, ya sea con padres, pareja o hijos. En el caso de los vínculos familiares, el crecimiento de los hijos también obliga a los adultos a asumir nuevas formas de relación: dejar ir no significa perderlos, sino aceptar que ganen autonomía

Stamateas resume esa idea con una imagen clara: los hijos necesitan raíces para sostenerse y alas para avanzar

Qué hacer cuando la crisis se vuelve un bucle

El primer paso es cambiar de escena. Si la mente gira siempre sobre lo mismo, moverse puede ayudar a destrabar la sensación de encierro: sentarse si se está de pie, salir a caminar si se permanece quieto, variar el entorno para abrir otro ritmo mental

También recomienda poner en palabras lo que ocurre. No alcanza con decir que uno está mal: conviene precisar si hay incertidumbre, miedo, enojo o confusión. Nombrar la emoción ayuda a bajar la ansiedad y a encontrar el pensamiento que la activó

Otro punto central es bajar la autoexigencia. Según el especialista, la necesidad de perfección alimenta el malestar y coloca a la persona en un lugar de juicio permanente sobre sí misma

Y si aparece dolor emocional, no hay que pelear con él. La propuesta es atravesarlo, agotarlo, caminarlo y hablarlo. Ninguna crisis, sostiene, es el final de todo: son pausas que interrumpen el ritmo, como una coma en una frase, para seguir creciendo