“Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”, escribió Louise Glück. En un nuevo Día del Niño, tres generaciones cuentan cómo fue crecer en la Argentina y qué quedó intacto a pesar del paso del tiempo: el juego, los afectos y la huella de los recuerdos compartidos
Adriana Pérez Caballier, de 61 años, creció en Gualeguaychú, Entre Ríos. Más que los juguetes, guarda escenas de juego con sus hermanos en la casa y en la calle. Hacían de todo: imitaban una escuela, montaban una tienda y armaban pequeñas obras con disfraces y guitarras. También recuerda las siestas como un momento de descubrimiento y aventura
Uno de sus recuerdos más nítidos tiene que ver con una bañera vieja en el patio. La llenaron de agua, enjabaron los bordes y jugaron allí como si fuera una novedad absoluta. Para ella, esa sensación de inventar un mundo sigue siendo una postal central de la infancia
Su hija, Paula Cabrera, de 34 años, rememora otra época. Su juguete favorito fue un par de perros de peluche de tamaño real, pero también recuerda juegos de persecución, cuartos oscuros y sardina enlatada. Creció entre hermanos y vecinos, en una calle cortada donde sobraban las excusas para salir: fútbol, mate en la vereda, bicicletas y bombitas de agua en verano
Los veranos en Gualeguaychú, en la quinta de los abuelos, con primos y encuentros familiares, quedaron entre sus mejores recuerdos. Para ella, ir de vacaciones allí era como entrar en un parque de diversiones
Ámbar, de 11 años, también eligió un peluche como compañero inseparable. Se llama Renato, lo tiene desde los 2 años y duerme con él todos los días. Su juego favorito es un juego de mesa de pistas y eliminación de personajes, pero también disfruta de compartir tiempo con primas, hermanas, amigas del club y compañeras del colegio
Su recuerdo más fuerte no está ligado a un juguete sino a un partido: los cuartos de final del Mundial 2022, vistos en familia. Hicieron una promesa sencilla y la cumplieron: si ganaba la Argentina, iban a la pileta con ropa. Y así terminaron festejando, todas mojadas
Lo que cambió en la infancia
La investigadora Verónica Llobet, especialista en derechos de la infancia e integrante del Conicet, identifica tres transformaciones decisivas. La primera es el modo en que cambiaron las relaciones entre adultos y chicos dentro de las familias
Según explica, quienes hoy son padres crecieron en un contexto atravesado por autoritarismo, violencia y silenciamiento, y muchos buscaron construir crianzas alejadas de ese modelo
El segundo cambio es tecnológico. Las pantallas y las redes dieron a los chicos una autonomía inédita, pero también redujeron la capacidad adulta de supervisión. Gran parte de lo que ven, aprenden y sienten sucede en espacios a los que los mayores no siempre acceden
El tercer cambio tiene que ver con la convivencia social. Escuela y barrio funcionaron durante décadas como lugares donde se cruzaban chicos de distintos orígenes. Ese tejido común, advierte Llobet, se fue debilitando
Ricardo Fernández, de 75 años y radicado en Rafaela, Santa Fe, recuerda una infancia con pocos objetos y mucha inventiva. Jugaba con pelota de goma, autitos de suspensión y juguetes caseros fabricados por padres y abuelos, como carritos de rulemanes
Su hijo, Javier Fernández, de 43 años, sumó otros ítems a esa memoria familiar: muñecos de series animadas, rastis, pelota de fútbol y básquet, y más tarde la aparición del Family Game. Su hijo Santiago, de 10 años, ya vive otra época: Roblox en el celular, Uno, metegol y fútbol
En esa familia, el fútbol aparece como hilo conductor. Ricardo admiraba a los jugadores que escuchaba por radio; Javier menciona a Borghi, Batistuta, Maradona y Usuriaga; Santiago elige a Messi, Manuel Neuer, Luis Suárez y Neymar
La investigadora Lorena Bolzón, del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral, coincide en que la infancia cambió en casi todo: juguetes, espacios, vínculos, tecnología, crianza y la manera de entender a los niños, hoy reconocidos como sujetos de derechos
Pero también subraya lo que permanece: la necesidad de jugar, hacer amigos, pertenecer, imaginar, explorar y sentirse querido y cuidado por adultos significativos. Cambian los escenarios, pero no esas necesidades básicas
Lo que persiste
En la familia de Mónica López, de 69 años, y Enrique Rodríguez, de 72, el barrio sigue siendo importante, aunque ya no del mismo modo. Ellos crecieron jugando en la calle y en la vereda; su nieto Tobías, de 9, también juega afuera, pero en un barrio cerrado
Enrique recuerda el Cerebro Mágico y unos autitos rellenos de plastilina para correr carreras. También guarda con cariño las Navidades, los Años Nuevos, los veranos en el camping del ACA y los encuentros repetidos con los mismos chicos en Mar de Ajó
Mónica rescata sus muñecas bebotes, el ludo, las damas, las cartas, los veranos en el club y los carnavales. Su hijo Guillermo, de 45 años, suma otros recuerdos: los muñecos de He-Man y el juego de computadora Wolfenstein 3D. Su mejor vacaciones, dice, fueron las de Pinamar
Tobías, en cambio, elige la pelota y el Fortnite en la Playstation. Admira a Messi y recuerda como uno de sus mejores momentos un viaje a Disney y la Navidad
Al final, entre pelotas, vacaciones, amigos e ídolos, las tres generaciones terminan diciendo algo parecido: cambian los objetos y los espacios, pero la infancia sigue hecha de juego, encuentros y recuerdos que se vuelven inolvidables con el tiempo