En las colinas calurosas y secas del valle de Santa Clarita, al norte de Los Ángeles, los gibones rompen la mañana con un coro que puede sonar como sirenas, chillidos de aves y gruñidos graves. Ese ruido marca la rutina de un santuario que, en 50 años, pasó de albergar unos pocos animales a convertirse en un centro dedicado por completo al cuidado de estos primates raros y en grave peligro
Hoy, el Gibbon Conservation Center atiende a unos 40 gibones de cinco especies. Sus cantos, una de sus señas más reconocibles, a veces se escuchan a más de un kilómetro de distancia en esta zona poco poblada. El proyecto fue fundado por Alan Mootnick, un primatólogo autodidacta que se convirtió en una referencia mundial sobre gibones mientras también trabajaba en pintura y remodelación de casas
La herencia de un especialista autodidacta
Mootnick publicó artículos científicos, recibió investigadores de distintos países y respondía consultas sobre el cuidado y la identificación de gibones. A menudo le enviaban fotos de ejemplares rescatados o grabaciones de sus vocalizaciones para pedirle ayuda. Tras su muerte en 2011 por complicaciones derivadas de una cirugía cardíaca, Gabi Skollar continuó al frente de la misión que él inició
Skollar llegó desde Hungría a Estados Unidos en 2005 para aprender con Mootnick y trabajar en el centro. Aunque al principio pensaba marcharse para seguir estudiando, dice que no pudo abandonar a los gibones. Vive en el lugar junto con otro cuidador y se despierta cada día con el coro que empieza al amanecer
Vínculos, rutinas y conservación
La cuidadora conoce bien las personalidades de cada animal. Pepper, un gibón de mejillas blancas del norte, suele iniciar el canto del grupo. Violet, una gibona pileada, completa el coro junto a Truman. Pierre, otro ejemplar rescatado, no tolera a los hombres. Los gibones cantan entre tres y cuatro veces al día, durante 20 a 30 minutos por vez
Skollar, que cursa un doctorado sobre vocalizaciones de gibones en la Universidad de California en Los Ángeles, sostiene que lo aprendido en cautiverio puede ayudar a conservacionistas y centros de rescate. La especie enfrenta amenazas crecientes por la destrucción de su hábitat, en las selvas tropicales del sudeste asiático, y por el tráfico ilegal, que suele separar a las crías de sus padres para venderlas como mascotas
Cuidado diario y visitas educativas
En una mañana reciente, la cuidadora Jodi Kleier repartía lechuga lavada, batatas al vapor y bananas. Le dio un trozo de banana a Rocky, un gibón joven criado a mano después de que su madre lo abandonara tras el parto en el centro. Kleier empezó como voluntaria, lleva una década trabajando allí y hasta tiene un tatuaje de Rocky en el muslo
El equipo y los voluntarios lavan y cocinan alimentos de manera constante porque los gibones reciben comida cinco o seis veces por día, para imitar el ritmo de forrajeo que tendrían en libertad. El centro recibe visitantes en recorridos guiados los fines de semana y también organiza actividades con escuelas, turistas y centros de adultos mayores
Además, colabora con instituciones educativas como The Teaching Zoo at Moorpark College para que los estudiantes tengan experiencia práctica en el cuidado de animales. Quienes pasan por el centro, aseguran sus responsables, suelen irse con una impresión duradera y con más interés por la especie
Entre sus logros, el santuario fue el primero en reproducir con éxito gibones de Java, una especie en peligro que solo vive en la isla indonesia del mismo nombre. También enviará pronto una pareja de gibones de mejillas blancas del norte al zoológico de Pittsburgh
El objetivo de Skollar es reunir más fondos para construir recintos más grandes y un centro educativo para visitantes. Quiere sostener el legado de Mootnick y seguir dedicada a estos primates, uno de los cuales lleva su nombre