Una cultura que se disimula

Vestidores repletos de dólares, yates, aviones privados, fortunas difíciles de explicar y dirigentes que exhiben lujos incompatibles con el discurso que dicen representar: en pocas semanas, la política argentina volvió a quedar atravesada por escenas que incomodan y preguntan más de lo que responden

A ese cuadro se sumó el viaje al Caribe del exministro de Economía Sergio Massa, su esposa, senadora provincial, y un grupo de amigos, en vuelos privados costeados por empresarios. No se trata solo de una anécdota pintoresca, sino de una señal más de una práctica extendida: la de actuar en público con una retórica y en privado con otra

La ingeniería para no dejar rastros

El recorrido hacia Barbados incluyó desvíos llamativos. Salieron desde Montevideo y regresaron por Paraguay, aunque la aeronave tenía autonomía suficiente para completar el trayecto sin escalas. También utilizaron pasaportes italianos. En todo el itinerario volaron en aviones privados de empresarios cercanos, que habrían cedido el servicio como un supuesto obsequio valuado en unos 400.000 dólares

La pregunta no es solo si hubo o no delito. El problema de fondo es otro: qué clase de vínculo se establece cuando un exfuncionario con proyección política recibe beneficios de ese calibre, y cuándo esos beneficios dejan de ser gestos amistosos para convertirse en favores que comprometen la transparencia

Massa ya no ocupa un cargo público, pero hasta hace poco manejó áreas sensibles del Estado y hoy conserva ambiciones electorales. Su esposa integra la Legislatura bonaerense. En ese contexto, cualquier movimiento opaco adquiere una dimensión política que excede por completo lo personal

La forma de esconder incluso lo obvio

La escena no parece aislada. En la vida pública argentina se instaló una lógica que mide todo con una sola vara: si no es delito, pareciera no importar. Pero la ética pública no termina en el Código Penal. También existe la obligación de no mentir con la apariencia, no adornar la realidad y no esconder lo que debería poder explicarse con claridad

Esa lógica del ocultamiento ya había asomado hace años en una escena menor, pero reveladora: una foto de un encuentro político en Tigre en la que el sushi fue borrado con Photoshop antes de circular. No había nada que ocultar, y aun así se intentó maquillar la imagen. El gesto parece trivial, pero dice mucho sobre una manera de entender la política: esconder por reflejo, aun cuando no haga falta

Un patrón transversal

El fenómeno no pertenece a un solo espacio. Cuando aparecen episodios de este tipo en distintos sectores, queda en evidencia una cultura compartida: la de la puesta en escena, la del doble discurso y la de la comodidad con la opacidad. Por eso ciertos casos golpean tanto en términos reputacionales. No importa solo la escala; importa la matriz de conducta que revelan

También resuena en ese mapa el caso de la sindicalista que compró el departamento lindero al de Cristina Kirchner, donde la expresidenta cumple prisión domiciliaria. La documentación contradice su negación, y el episodio vuelve a colocar el foco sobre la misma zona gris: el dinero, la intención y la voluntad de no explicar

La otra cara: cuando la verdad sale a la luz

Hay, sin embargo, un punto de esperanza. Estas maniobras no siempre prosperan. A veces las expone la casualidad; otras, el trabajo periodístico; en ocasiones, la intervención de jueces o fiscales honestos. Lo que se intenta esconder termina apareciendo y deja al descubierto una demanda social que no se resigna a naturalizar la hipocresía

En medio de tanta estridencia, un dato lateral ofrece una pista distinta. La muestra dedicada a los 40 años de la muerte de Borges, en el Centro Cultural Recoleta, fue visitada por más de 64.000 personas en pocas semanas. Lo que más impactó a muchos fue la reconstrucción de su dormitorio: una habitación sobria, mínima, casi despojada

Ese cuarto sencillo funciona como una contracara precisa del espectáculo del exceso. En un país saturado de ostentación y simulación, la austeridad también puede ser una forma de prestigio. Y, quizá, una lección pública que la política todavía no aprendió