Todo gobierno que aspira a sostenerse necesita reescribirse cuando cambia el clima político. Ajustar el diagnóstico, renovar promesas, corregir el modo de ejercer el poder y, si hace falta, reordenar el equipo

Cuando eso no ocurre, la inercia empieza a pasar factura. Eso es lo que hoy asoma en la gestión de Javier Milei: un oficialismo con señales de agotamiento en varios frentes y con menos margen para disimularlas

La victoria legislativa de La Libertad Avanza generó una sensación de fortaleza que no terminó de traducirse en herramientas concretas para gobernar. Esa distancia entre expectativa y capacidad real de acción profundizó la frustración social. Como ya ocurrió en otros ciclos políticos, el humor público empezó a desplazarse desde la herencia recibida hacia la responsabilidad directa de quien gobierna

Un clima social más adverso

Las encuestas registran ese cambio de percepción. El Índice de Confianza en el Gobierno de julio, medido por la Universidad Torcuato Di Tella, cayó 6,5% en el mes y acumuló un retroceso de 21,5% desde fines de 2025. En ese marco, el oficialismo quedó asociado a un nivel de apoyo que, proyectado de modo hipotético, lo llevaría a un balotaje con 38,8%

Otros relevamientos van en la misma dirección. Poliarquía detectó que 66% de los consultados prefiere un cambio frente a la situación actual, mientras que sólo 33% pide continuidad. En la medición de Hugo Haime, 65% cree que el modelo económico debería abandonarse y apenas 35% quiere mantenerlo. Además, el humor dominante combina bronca, tristeza y un descenso marcado de la esperanza

Hay otra señal relevante: por primera vez en muchos meses, la pérdida de poder adquisitivo del salario preocupa más que la corrupción. Y la inflación, que durante largo tiempo ocupó el centro del debate público, ya quedó relegada al séptimo lugar entre los principales problemas del país. La conversación social cambió y hoy gira alrededor de sueldos cortos, consumo frenado y producción en baja

La deuda como síntoma

En ese nuevo cuadro aparece un fenómeno cada vez más visible: el peso de las deudas sobre las familias. Según la Central de Deudores del Banco Central, 20,9 millones de personas tienen algún tipo de deuda financiera

De ese total, 5,8 millones registraban al menos un atraso mayor a 90 días en mayo. Entre mayo de 2025 y mayo de este año, los morosos pasaron de 3,43 millones a 5,83 millones, con 2,39 millones de nuevos casos

La expansión de la morosidad refleja una tensión más profunda entre la vida cotidiana y las condiciones económicas. El problema no se limita al sistema bancario: también se extiende a billeteras y aplicaciones que operan con baja regulación, tasas elevadas y escasa transparencia

A eso se suma una porción importante de deudores con poco conocimiento financiero y urgencias materiales que empujan a tomar decisiones riesgosas

El Gobierno, sin embargo, tiende a leer este cuadro como un asunto entre privados. Esa mirada omite que las decisiones de política económica influyen de forma directa sobre el crédito, la tasa de interés y la capacidad de pago. También deja afuera el efecto de los salarios reprimidos y del aumento de tarifas, que hoy absorben una porción mucho mayor del ingreso formal

Según el Observatorio de Tarifas y Subsidios, en julio los servicios públicos representaron el 15% del salario formal promedio. A fines del gobierno anterior esa incidencia era del 6%. En la práctica, muchas familias deben elegir entre pagar la luz o el gas, o cumplir con sus compromisos financieros. La prioridad, en la mayoría de los casos, es evidente

El límite del dogma

La propia estrategia económica del oficialismo también alimentó este escenario. Primero promovió una fuerte baja de tasas para licuar pasivos del Banco Central e inducir financiamiento y reactivación

Después viró hacia el movimiento opuesto, con un aumento abrupto de tasas para frenar la corrida cambiaria de mediados de 2025. Esas oscilaciones terminaron condicionando los contratos privados y ampliando la fragilidad de los hogares

Hay además una contradicción interna en el discurso libertario. Aunque Milei cuestiona la intervención estatal, en el proyecto de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central mantiene la facultad de regular las condiciones del crédito en riesgo, plazos, tasas, comisiones y cargos. En la práctica, el texto reconoce que el mercado financiero no funciona en un vacío y que el Estado sí determina reglas relevantes

La respuesta de Luis Caputo frente a la expansión de morosos profundizó el problema político. Su lectura, centrada en una supuesta especulación privada, mostró distancia respecto del drama social que viven muchos hogares. El oficialismo parece carecer de dirigentes capaces de registrar esa angustia y traducirla en una explicación política convincente

Un oficialismo que se desgasta solo

La fatiga no aparece sólo en la economía. También se expresa en el tono del debate público, cada vez más agresivo, y en una estructura de poder que no termina de ordenar sus propias tensiones. Santiago Caputo quedó absorbido por sus disputas internas; Diego Santilli duró poco en escena; y la salida de Guillermo Francos dejó al Gobierno sin una figura de articulación política de peso

A eso se suman decisiones regulatorias desprolijas y episodios que exhiben improvisación. El resultado es un oficialismo que alterna pulsión de control, desorden interno y sobreexposición. Mientras tanto, la respuesta a las preocupaciones sociales no gana eficacia ni empatía

La fuga hacia afuera

Como suele ocurrir en liderazgos fatigados, el Gobierno también busca aire en el plano internacional. Milei se involucró en la disputa política de Brasil al respaldar a Jair Bolsonaro y al atacar a Lula da Silva y a Alexandre de Moraes. La tensión con Brasilia escaló al punto de dejar la relación bilateral en un nivel inusual para ambos países

El movimiento no es menor: Brasil anunció la permanencia de su embajador en consultas y pidió el regreso del representante argentino. En paralelo, la pulseada se inserta en una estrategia más amplia de Donald Trump para alinear gobiernos en la región y reforzar su influencia frente a China. Milei intenta jugar en ese tablero, aun cuando eso le genere costos diplomáticos directos

En ese marco, Xi Jinping salió a respaldar a Lula, mientras desde Washington se adoptaron medidas contra ejecutivos vinculados con tecnología china en Vaca Muerta. La disputa por Brasil ya excede largamente la política doméstica y se volvió parte de una puja global por influencia

Una oposición que no aprovecha

Con todo, Milei todavía conserva una ventaja: una oposición desorientada y un peronismo que no logra convertir el malestar social en capital político. La discusión interna en el PJ parece desconectada de las demandas más concretas de la sociedad. Esa debilidad le da al Presidente un margen que, por ahora, evita que el desgaste se transforme en una amenaza inmediata

El problema es que el Gobierno ya no se mueve en un terreno cómodo. La economía aprieta, el humor social se enfría, la comunicación se vuelve más áspera y la política exterior agrega ruido. Si no corrige el rumbo, la sensación de fatiga puede dejar de ser una impresión y convertirse en un límite real