El cohousing propone una idea simple y, a la vez, difícil de concretar: vivir la vejez en comunidad sin perder independencia. Para muchas personas mayores, es una respuesta posible frente a la soledad, el encarecimiento de la vivienda y la necesidad de sostener vínculos estables en una etapa de la vida en la que el horizonte se vuelve más cercano

La propuesta combina unidades privadas con espacios comunes amplios. Comedores, jardines, salas de reunión, talleres, bibliotecas o áreas de trabajo compartido forman parte de estos proyectos, que suelen organizarse como cooperativas y se apoyan en decisiones colectivas, autogestión y convivencia solidaria

Una comunidad antes que un edificio

En este modelo, la comunidad no es un efecto secundario del proyecto: es su punto de partida. La idea suele nacer entre amigos o conocidos que imaginan envejecer cerca unos de otros, con la certeza de que compartir recursos y rutinas puede mejorar la calidad de vida y reducir el aislamiento

Especialistas citados en experiencias de este tipo señalan además un posible impacto positivo en el bienestar mental, porque la gestión compartida obliga a conversar, acordar y resolver problemas en conjunto. Esa dinámica puede ayudar a conservar habilidades cognitivas y fortalecer la red social

Un formato en expansión

El cohousing creció primero en Dinamarca en los años 70 y después se expandió por Europa y Estados Unidos. Hoy también avanza en Canadá, Israel, Uruguay y España, donde el número de proyectos aumentó con fuerza en los últimos años, aunque muchos aún están en etapa de desarrollo

La expansión responde a varios factores: mayor longevidad, más soledad en la vejez, crisis habitacional y pensiones que no siempre acompañan el costo de vida. En ese contexto, el cohousing aparece como una alternativa intermedia entre la vivienda tradicional y los modelos institucionales de cuidado

Experiencias que ya funcionan

En España, Axuntase se convirtió en un caso destacado por su intergeneracional. Está pensado para convivir con personas de distintas edades, con espacios comunes y un fondo colectivo para afrontar eventuales situaciones de dependencia en el futuro. La premisa es sostener la vida comunitaria también cuando llegan necesidades de cuidado más complejas

En Uruguay, Carpe Diem avanza como cooperativa en un predio arbolado cerca de Montevideo. El proyecto prevé una casa común y viviendas individuales o en dúplex, con derecho de uso en lugar de propiedad convencional. La lógica es similar: compartir sin renunciar a la autonomía

En la Argentina, Vidalinda es una referencia histórica. Nació en 1970 en Belgrano y funciona con un sistema mutual que permite acceder al derecho de uso de las unidades. Hoy alberga a personas mayores muy longevas, mantiene lista de espera y conserva su espíritu original: vivir acompañados, con espacios comunes como centro de la vida cotidiana

Más mujeres, más redes

Muchas de estas iniciativas nacen impulsadas por mujeres. Las estadísticas de viudez y los hogares unipersonales ayudan a explicar por qué ellas suelen pensar antes en una salida comunitaria que en la vida en soledad. También pesa una motivación concreta: no depender de los hijos ni quedar aisladas

En algunos casos, esa búsqueda se traduce en proyectos exclusivos para mujeres, pensados como respuesta al edadismo y a formas persistentes de infantilización de la vejez. En otros, aparecen formatos mixtos o intergeneracionales, con un mismo objetivo: sostener vínculos, compartir tareas y construir una vida más amable

Un modelo exigente

El cohousing no sirve para cualquier situación. Requiere buena salud, capacidad de autonomía y disposición para convivir y tomar decisiones en grupo. La dependencia moderada o severa plantea desafíos que estos proyectos no siempre pueden resolver por sí solos

Aun con sus límites, la idea sigue ganando terreno. Su atractivo está en esa combinación poco frecuente de privacidad, comunidad y propósito compartido. En la vejez, para muchos, esa mezcla puede valer tanto como una casa