Hay mañanas, al empezar el verano, en las que el sol entra con una insistencia que obliga a mover cortinas, objetos y hasta rutinas. En casa, también los gatos lo saben: siempre encuentran el sitio exacto donde queda un resto de calor. Esa escena doméstica vuelve a mi memoria cuando llega el invierno y los días se acortan. Entonces extraño ese momento en que todo parece teñido de oro

Porque no se trata solo de una sensación. La luz del amanecer y del atardecer actúa sobre nuestro organismo como una señal precisa. Cuando aparece la luz azul de la mañana, la retina la capta y envía información al núcleo supraquiasmático, el reloj central del cerebro. Ese aviso baja la producción de melatonina y activa el cortisol, no como una alarma, sino como la energía que pone en marcha el día

El reloj biológico y la mañana

La exposición a la luz matinal ayuda a ajustar el ritmo interno, mejora el estado de ánimo y favorece la claridad mental. Por eso el primer sol no es solo agradable: también organiza funciones esenciales del cuerpo y marca una transición desde el descanso hacia la vigilia

Cuando cae la tarde

Con el paso de las horas, la atmósfera filtra la luz y el cielo deja atrás el azul más intenso. Entonces aparecen los dorados, los sienas y los violetas. Ese cambio responde a la dispersión de Rayleigh, pero el cuerpo lo registra como una señal de cierre. La ausencia de luz azul habilita, de manera gradual, la liberación de melatonina y prepara el tránsito hacia el sueño

La diferencia entre amanecer y atardecer también está en el aire que los rodea. La mañana suele llegar con una claridad más limpia y fría; la tarde, en cambio, arrastra polvo, viento y el calor acumulado del día. Por eso el sol que se va suele verse más denso, más encendido, casi como una despedida en combustión lenta

Una escena en movimiento

En algunos trayectos, el amanecer me encuentra manejando cerca del río y el recorrido del sol parece desmentir cualquier brújula. Si el río queda a la izquierda, el norte se va hacia atrás y el este queda al frente, como si el paisaje terminara de ordenar la orientación del día. Al final de la avenida, el sol ya está subiendo

También el cine supo mirar ese intervalo inestable entre un sol y otro. En su trilogía Antes de, Richard Linklater convirtió ese tiempo suspendido en el centro de una historia amorosa que vuelve sobre sí misma: Jesse y Celine, interpretados por Ethan Hawke y Julie Delpy, se conocen en una noche de Antes del amanecer (1995), se reencuentran en Antes del atardecer (2004) y reaparecen en Antes de la medianoche (2013)

Estoy casi en la misma generación que ellos. Por eso también me pregunto qué fue de ese amor, aunque el director no parezca dispuesto a responderlo. Mientras tanto, sigo manejando con el sol ya alto a un costado. Y voy tarde