Desde la infancia construimos una idea sobre quiénes somos a partir de nuestras experiencias, de lo que vivimos y de las definiciones que recibimos de otras personas. Esa narrativa nos ayuda a reconocernos, pero también puede limitar nuestra capacidad de cambiar

Paula Echeverría, experta en Terapia Transformacional Rápida (RTT), sostiene que el lenguaje tiene un papel central en ese proceso. No produce el mismo efecto decir “tengo asma” que afirmar “soy asmático”: la primera expresión describe una condición; la segunda puede convertirla en parte central de la identidad

Cuando una descripción se vuelve una etiqueta

Expresiones como “soy ansioso”, “soy sedentario”, “soy gordo” o “soy migrañoso” parecen describir una realidad, pero también pueden instalar la idea de que esas características son permanentes

En cambio, frases como “atravieso una etapa de ansiedad”, “tengo sobrepeso” o “hago poca actividad física” presentan situaciones concretas, susceptibles de modificarse con el tiempo

La diferencia puede influir en las expectativas y en las decisiones cotidianas. Una persona que se considera sedentaria podría evitar el ejercicio porque siente que no es para ella. Del mismo modo, alguien que se define por una enfermedad puede anticipar límites antes de comprobar qué actividades puede realizar

Las palabras de los demás también dejan huella

Las etiquetas no siempre surgen de la propia persona. Un niño al que durante años le repiten que es tímido o distraído puede incorporar esa descripción a su propia historia

La repetición puede transformar esas palabras en una explicación anticipada de su conducta, de aquello que se animará a hacer y de lo que otros esperan de él. La etiqueta no tiene que ser completamente falsa para resultar limitante

Esto no implica negar las condiciones reales ni suponer que todo depende de la voluntad. El asma, las migrañas, la composición corporal y otras situaciones pueden requerir tratamientos, cuidados y decisiones específicas. Sin embargo, una condición no tiene por qué representar a la persona en su totalidad

De las definiciones permanentes a las preguntas abiertas

La identidad también se construye alrededor de profesiones, habilidades y hábitos. Decir “soy periodista”, “soy emprendedor” o “soy malo para vender” puede convertir una experiencia actual en una definición definitiva

Pero las personas cambian de trabajo, aprenden, desarrollan capacidades y atraviesan etapas diferentes. Por eso, Echeverría propone reemplazar algunas definiciones por preguntas: “¿qué me está pasando?”, “¿qué hago habitualmente?”, “¿qué aprendí hasta ahora?” o “¿qué quiero modificar?”

Estas preguntas no ofrecen respuestas cerradas, pero dejan espacio para el cambio. La identidad puede funcionar como un punto de apoyo sin convertirse en una sentencia: también es una historia que continúa construyéndose