Quienes nacieron y crecieron en las décadas de 1960 y 1970 lo hicieron en un entorno muy distinto al actual: sin celulares, redes sociales ni pantallas disponibles todo el día. Esa realidad obligaba a inventar juegos, tolerar el aburrimiento y resolver conflictos sin tanta ayuda adulta
Desde la psicología, esa experiencia ayuda a entender por qué muchos adultos de esa generación muestran hoy una resiliencia especialmente alta. La exposición temprana a desafíos reales, la autonomía y el aprendizaje para resolver problemas aparecen como factores clave en el desarrollo de esa fortaleza emocional
Una infancia con más margen para decidir
En aquellos años, además, muchas madres se incorporaron al trabajo fuera del hogar, las alternativas de cuidado infantil eran más escasas y el aumento de los divorcios dejó a numerosos chicos con más tiempo sin supervisión directa
Esa combinación empujó a muchos niños a hacerse cargo de tareas, negociar con otros chicos, volver solos a casa o manejar pequeñas dificultades cotidianas por su cuenta. Con el tiempo, ese aprendizaje fortaleció la tolerancia a la frustración y la capacidad de adaptación
El valor de atravesar dificultades moderadas
Los estudios sobre resiliencia señalan que esta cualidad suele consolidarse cuando las personas enfrentan retos manejables desde edades tempranas. No se trata de vivir situaciones extremas, sino de aprender a responder ante obstáculos concretos con cierto grado de independencia
Investigaciones longitudinales sobre desarrollo infantil también muestran que las dificultades económicas o familiares no impactan igual en todos los casos. En hogares estables, asumir responsabilidades temprano puede favorecer la autonomía, el sentido de competencia y la resiliencia. En contextos muy conflictivos, en cambio, el efecto tiende a ser más negativo
Menos intervención, más aprendizaje
La escasa supervisión adulta de entonces hacía que muchos chicos resolvieran sus propios conflictos, organizaran su tiempo y aprendieran a soportar la frustración sin mediación constante. Ese proceso se parece a la llamada inoculación al estrés, una estrategia que expone a la persona a desafíos controlados para fortalecer su respuesta futura
Así, pequeñas experiencias como negociar reglas en un juego o afrontar una dificultad sin ayuda inmediata pudieron contribuir a una mejor autorregulación emocional en la vida adulta
La crianza actual, bajo otra lógica
Hoy predomina un modelo mucho más protector. Los adultos suelen intervenir rápido para evitar errores, malestar o decepciones. La intención es cuidar, pero algunos especialistas advierten que un entorno demasiado controlado puede limitar el desarrollo de herramientas emocionales básicas
Por eso, cada vez preocupa más ver a jóvenes con menos tolerancia al “no”, más dificultad para aceptar límites y mayores problemas para manejar la frustración. La diferencia no está solo en la época: también en cuánto margen tuvo cada generación para aprender a caerse y levantarse sola