La velocidad al caminar puede predecir cuántos años de vida quedan, y ese hallazgo ya no se limita a los adultos mayores. Un conjunto de investigaciones publicadas en revistas científicas de referencia —entre ellas JAMA y Mayo Clinic Proceedings— establece que el ritmo de la marcha funciona como un indicador integrado del estado del organismo completo, capaz de anticipar enfermedades crónicas, deterioro cognitivo y muerte prematura con una precisión comparable a la de perfiles clínicos complejos
La marcha como “quinto signo vital” Un análisis publicado en JAMA reunió datos individuales de 34.485 adultos mayores de 65 años provenientes de nueve estudios de cohorte distintos, con seguimientos de entre 6 y 21 años. Los resultados son contundentes: por cada 0,1 metros por segundo de aumento en la velocidad de marcha, el riesgo de muerte se reduce un 12%
A los 75 años, la probabilidad de sobrevivir diez años oscila entre el 19% y el 87% en hombres, y entre el 35% y el 91% en mujeres, según cuán rápido caminen. La investigación, liderada por Stephanie Studenski, médica e investigadora de la Universidad de Pittsburgh, determinó que la velocidad de la marcha predice la supervivencia con una precisión equivalente a la de modelos clínicos que combinan presión arterial, índice de masa corporal, historial de tabaquismo, enfermedades crónicas y hospitalizaciones previas
En otras palabras: saber a qué velocidad camina una persona mayor aporta tanta información pronóstica como un médico completo. Esa capacidad predictiva tiene respaldo en estudios de gran escala
Según una nota reciente de , un análisis publicado en Mayo Clinic Proceedings que examinó datos de más de 400.000 adultos en el Reino Unido concluyó que la velocidad de la marcha supera a parámetros clásicos como la presión arterial o el colesterol para anticipar la longevidad. Quienes caminan a un ritmo cercano a 1 metro por segundo —unos 3,5-4 km/h (2,2-2,5 millas por hora)— presentan una esperanza de vida promedio, mientras que velocidades inferiores a 2,1 km/h (1,3 millas por hora) se asocian con mayor riesgo de mortalidad temprana
Por qué el cuerpo “habla” con los pies Caminar parece simple, pero exige la coordinación simultánea del corazón, los pulmones, el sistema nervioso central y periférico, los músculos y el sistema de equilibrio. Cuando alguno de esos sistemas falla —a veces sin que el paciente lo note—, la marcha se enlentece
Studenski y su equipo describen la velocidad de la marcha como un resumen accesible de vitalidad: refleja el estado de múltiples órganos al mismo tiempo, incluso antes de que aparezcan síntomas. Ese mecanismo también opera en dirección inversa
La reducción de la movilidad genera un ciclo de menor actividad física y pérdida de condición física que, a su vez, deteriora la salud y acorta la vida. La marcha lenta no solo refleja el daño: también lo profundiza.El beneficio de mantener un ritmo ágil se puede cuantificar
Según un estudio publicado en el American Journal of Preventive Medicine, apenas 15 minutos diarios de caminata rápida pueden reducir el riesgo de mortalidad hasta en un 20%. “El ejercicio vigoroso, como 15 minutos diarios de caminata rápida, reduce las probabilidades de morir prematuramente”, señaló la doctora Cutler en declaraciones recogidas por el sitio especializado Medical News Today
No es solo cosa de mayores Hasta hace pocos años, la velocidad de la marcha se usaba casi exclusivamente en geriatría. Un estudio de cohorte de cinco décadas realizado en Nueva Zelanda —el Estudio Multidisciplinario de Salud y Desarrollo de Dunedin— desafió esa visión al medir la marcha en 904 personas de 45 años y cruzar esos datos con décadas de seguimiento médico, cognitivo y cerebral
Los resultados, también publicados en JAMA, mostraron que los adultos de mediana edad con marcha más lenta ya presentaban señales de envejecimiento acelerado en múltiples sistemas orgánicos. Según el índice de ritmo de envejecimiento utilizado en el estudio —que mide el deterioro de 19 biomarcadores a lo largo del tiempo, entre ellos presión arterial, capacidad pulmonar, colesterol y salud dental—, los participantes del quintil más lento habían envejecido fisiológicamente 5 años más rápido que los del quintil más rápido, entre los 26 y los 45 años
Además, un panel independiente de evaluadores calificó los rostros de los caminantes más lentos como visualmente más envejecidos que los de quienes caminaban más rápido, aun cuando todos tenían la misma edad cronológica. El cerebro detrás de cada paso La conexión entre marcha y salud cerebral fue uno de los hallazgos más llamativos del estudio de Dunedin
Los participantes con menor volumen cerebral total, corteza más delgada y mayor presencia de hiperintensidades de la sustancia blanca —lesiones visibles en resonancia magnética que se asocian con deterioro cognitivo y demencia, una suerte de “cicatrices” en el tejido cerebral— caminaban más despacio. La diferencia de coeficiente intelectual entre el quintil más lento y el más rápido fue de 16 puntos, más de una desviación estándar, o sea, una brecha estadísticamente considerable entre grupos de la misma edad
Pero el dato que más amplía el alcance del hallazgo es otro: esas diferencias en el funcionamiento cerebral ya eran visibles a los 3 años de edad. Los niños que a esa edad mostraban peor vocabulario, menor comprensión del lenguaje, habilidades motoras más débiles y menor regulación emocional fueron, cuatro décadas después, los adultos que caminaban más lento
La diferencia en salud cerebral entre los quintiles de marcha más lento y más rápido, medida en la infancia, fue de 0,62 desviaciones estándar. Los autores del estudio proponen que el vínculo entre desarrollo cerebral temprano y velocidad de marcha en la adultez podría explicarse por sustratos neuronales compartidos —redes cerebrales que sirven tanto para las funciones cognitivas como para el control del movimiento—, por comportamientos saludables asociados a una mejor salud cerebral, o por factores genéticos que influyen simultáneamente en la función cognitiva y la longevidad
La evidencia más reciente refuerza esa conexión. Un estudio publicado el 14 de julio de 2026 en la revista Neurology analizó datos de casi 4.000 adultos mayores —con una edad promedio de alrededor de 84 años— provenientes de cinco estudios sobre envejecimiento, más dos investigaciones adicionales que incluyeron escáneres cerebrales y análisis de tejido cerebral post mortem
Del total, identificaron a un subgrupo al que llamaron “supermovedores”: personas que caminaban más rápido que aproximadamente el 93% de sus pares en pruebas cronometradas de marcha. Frente a quienes caminaban más despacio, los supermovedores tuvieron alrededor de un 50% menos de probabilidades de desarrollar deterioro cognitivo durante períodos de seguimiento de entre 3,4 y 5,4 años, y un 60% menos de probabilidades de recibir un diagnóstico de enfermedad de Alzheimer u otra demencia
Sus habilidades de memoria, velocidad de procesamiento y flexibilidad mental también declinaron a un ritmo más lento a lo largo del tiempo. Reacción ante el paso: otro indicador de riesgo La velocidad sostenida no es el único parámetro que los investigadores han vinculado con la mortalidad
Un estudio de la Universidad Ben-Gurion del Néguev, publicado en la revista Gerontology, demostró que en adultos mayores el tiempo que tarda una persona en iniciar un paso voluntario —especialmente ante una tarea cognitiva simultánea— también predice la supervivencia a largo plazo. Por cada aumento de 0,1 segundos en ese tiempo de reacción, el riesgo de mortalidad sube un 28%
Los autores proponen que pruebas de velocidad y equilibrio dinámico podrían integrarse en los controles médicos habituales para anticipar riesgos antes de que se vuelvan clínicamente evidentes. Un test con cronómetro y cuatro metros de piso La aplicación clínica de estos hallazgos es directa
Medir la velocidad de marcha requiere solo un cronómetro y un pasillo de 4 metros: la persona parte desde una posición estática y camina a su ritmo habitual, como si fuera por la calle. No se necesita equipamiento especializado ni personal altamente calificado
Studenski y su equipo identificaron al menos seis usos posibles para esta medición en la práctica médica: identificar a adultos mayores con alta probabilidad de vivir 5 o 10 años más —y que podrían beneficiarse de intervenciones preventivas a largo plazo—; detectar a quienes tienen mayor riesgo de muerte temprana; mejorar la comunicación entre médico y paciente sobre el estado de salud general; monitorear cambios a lo largo del tiempo; estratificar riesgos antes de cirugías o quimioterapia; y evaluar el efecto de intervenciones médicas o conductuales en ensayos clínicos. El estudio de Dunedin agrega otra dimensión: dado que la velocidad de la marcha muestra variación relacionada con el envejecimiento ya a los 45 años, podría incorporarse como medida de seguimiento en ensayos de prevención del envejecimiento —como los que prueban intervenciones de restricción calórica o fármacos como la metformina— en poblaciones más jóvenes, antes de que aparezcan enfermedades o discapacidades
La prueba, señalan los investigadores, es económica, segura y fácil de repetir en personas de 40 años