La relación de Lionel Messi con los entrenadores de la Selección atravesó climas muy distintos, desde la confianza pedagógica de José Pekerman hasta la conexión plena con Lionel Scaloni. En el medio hubo distancia, roces, admiración y también etapas de desgaste que acompañaron la evolución del capitán argentino

Pekerman, la primera advertencia que también fue una lección

El primer Mundial de Messi llegó con Pekerman y con un mensaje que lo ubicó en perspectiva: todavía no era su torneo, pero sí el comienzo de un recorrido pensado a futuro. El entrenador le hizo saber que había figuras consolidadas por delante, aunque también dejó claro que su presencia era una apuesta estratégica para la Selección

Esa decisión quedó marcada como una de las grandes lecturas de aquel proceso. Messi no ingresó en el recordado cruce con Alemania, una ausencia que el propio Pekerman explicó años más tarde, pero el vínculo se sostuvo con respeto mutuo y con gratitud de parte del futbolista

Basile y Maradona: respeto, distancia y admiración

Con Alfio Basile no hubo cercanía. Su segundo ciclo terminó golpeado por una derrota en Santiago y por un vínculo que nunca llegó a consolidarse del todo. El propio Basile lo describió después como un Messi todavía joven, silencioso y en plena construcción

Con Diego Maradona, en cambio, apareció otra dimensión: la del ídolo absoluto. Ya habían compartido momentos en los Juegos Olímpicos de Beijing y luego se reencontraron en la Mayor. Messi siempre habló de Maradona con una admiración que trascendió el fútbol y que se mantuvo intacta incluso después de la coronación en Qatar

Batista y Sabella: del conflicto a la armonía

El paso con Sergio Batista fue breve y terminó atravesado por tensiones internas en la Copa América 2011. Muy distinto fue el ciclo de Alejandro Sabella, con quien Messi encontró orden, equilibrio y una selección más armada desde lo colectivo

Ese período dejó una de las etapas que el propio Messi más valoró. Argentina llegó a la final del Mundial 2014 y quedó a un paso de la gloria, pero también consolidó una base emocional y futbolística que resultó decisiva para su carrera con la celeste y blanca

Martino: la carga de las finales perdidas

Gerardo Martino dirigió a Messi en un momento de máxima frustración. La Selección llegó a dos finales de Copa América y perdió ambas ante Chile, en una seguidilla que profundizó la sensación de frustración del capitán

Con el tiempo, además, el Tata volvió a cruzarse con Messi en Barcelona y más tarde en Inter Miami, convirtiéndose en el único técnico que lo dirigió en tres equipos distintos. Ya con el Mundial en la mano, Martino terminó rindiéndose ante lo que el rosarino había alcanzado

Sampaoli y un ciclo sin armonía

Jorge Sampaoli fue el caso más áspero. Aunque hubo gestos de cercanía al comienzo, el Mundial de Rusia 2018 dejó una relación debilitada y un final incómodo. El propio entrenador reconoció después errores de diagnóstico y una convivencia difícil dentro de un proceso que no terminó de cuajar

También quedaron testimonios de jugadores que marcaron esa distancia. El ciclo cerró con más ruido que fútbol y fue el punto más bajo de una etapa en la que la Selección quedó lejos de ofrecerle a Messi un contexto confiable

Scaloni, el punto de inflexión

Con Scaloni, todo cambió. La conversación inicial, apenas terminada la decepción de Rusia, tuvo naturalidad, claridad y una honestidad que el propio Messi valoró. Desde entonces, el vínculo creció hasta convertirse en la base de la etapa más exitosa de la Selección en décadas

La Copa América 2019 fue el inicio del proceso real. No hubo título, pero sí un grupo consolidado. Después llegaron la conquista continental, la Copa del Mundo y una sociedad futbolística que llevó a Argentina a sostener una era histórica con Messi en el centro de todo

Scaloni fue contundente desde el comienzo: si Messi estaba bien, jugaba siempre. Y esa convicción terminó ordenando al equipo alrededor del mejor jugador de su historia, sin discutir su lugar ni su peso simbólico. En el final del recorrido, la relación entre ambos quedó resumida en una certeza: no hacía falta que Messi ganara un Mundial para ser inmenso, pero ese título terminó de cerrar una historia única