Lo que hace pocos años aparecía como una alternativa marginal para diversificar las rotaciones hoy empieza a consolidarse como una herramienta concreta para el agro argentino. La colza, el cártamo y la camelina vienen creciendo campaña tras campaña y en 2026 ya alcanzaron 160.000 hectáreas certificadas dentro de un programa privado que apunta a intensificar el uso del suelo, sumar ingresos y atender una demanda internacional cada vez más exigente en materia ambiental
El avance de estas oleaginosas de invierno fue uno de los temas centrales de una jornada técnica con productores, asesores y especialistas, donde se repasaron resultados productivos, manejo agronómico y oportunidades comerciales. La expansión responde a una lógica compartida: aprovechar meses que antes quedaban en barbecho, mejorar la salud del suelo, diversificar sistemas y producir materias primas con menor huella de carbono
Más producción, menos barbecho
Desde la empresa que impulsa la estrategia remarcaron que cualquier cambio en el sistema productivo debe construirse junto al productor. También señalaron que el programa comenzó hace cuatro años con una meta doble: aumentar la productividad y mejorar los indicadores ambientales de los planteos agrícolas
La idea es simple y ambiciosa al mismo tiempo: reemplazar un período sin cultivo por una oleaginosa que genere renta y, a la vez, aporte carbono al suelo y cuide su estructura. En esa línea, la agricultura aparece cada vez más ligada a la transición energética y al abastecimiento de biocombustibles
Uno de los focos está puesto en el combustible sostenible para aviación, cuya demanda crece y exige aceites con certificación y trazabilidad ambiental. En ese mercado, la huella de carbono de la materia prima y la forma en que fue producida ganan peso en la decisión de compra
El cártamo encontró su lugar
Entre los casos presentados, el cártamo mostró una rápida adaptación en zonas golpeadas por la sequía. Un asesor técnico explicó que la incorporación del cultivo surgió como respuesta a la necesidad de replantear el modelo productivo y hacerlo más resiliente
La primera experiencia se hizo en 2024 y desde entonces el cultivo fue ganando escala. Hoy el grupo trabaja unas 15.000 hectáreas de cártamo sobre un total de 20.000, una proporción que refleja el peso que adquirió dentro del esquema agrícola. Además, permitió sostener al maíz dentro de la rotación y usar mejor los recursos disponibles
Colza y camelina, con buen impacto agronómico
La colza también dejó señales positivas. En una región con largos períodos de barbecho, un asesor técnico contó que lograron lotes de hasta 30 quintales por hectárea con cosecha directa. Más allá del rinde, destacó que el cultivo deja un suelo más mullido, mejora la infiltración del agua y favorece el desempeño de los cultivos siguientes
Desde el sudeste bonaerense, otra experiencia con camelina y colza mostró que estos cultivos no necesariamente reemplazan a los tradicionales, sino que ocupan un tramo del año que antes quedaba sin producir. En ese esquema, la soja de segunda sobre camelina alcanzó rindes muy parecidos a los de una soja de primera, con un costo de implantación similar al de sostener un barbecho
El balance general dejó una conclusión común: colza, cártamo y camelina ya no se presentan como pruebas aisladas, sino como herramientas que permiten intensificar la agricultura, mejorar la sustentabilidad de los sistemas y abrir nuevas oportunidades comerciales para el campo argentino