De la fundación porteña al origen rural
La historia de Las Palmas se remonta a los primeros tiempos de Buenos Aires. Cristóbal de Altamirano, uno de los compañeros de Juan de Garay en la fundación de 1580, recibió tierras en la ciudad y también la encomienda del cacique Bagual, llamado Minití, con sus indígenas
Uno de sus descendientes, también llamado Cristóbal, fue jesuita, misionero, catedrático y benefactor. A la Compañía de Jesús le entregó la tierra heredada de su padre. Con ese patrimonio, los religiosos organizaron estancias que funcionaron como unidades productivas ordenadas y de gran escala
Una explotación de gran magnitud
La estancia de Areco, de la que Las Palmas formaba parte como uno de sus puestos, extendía su territorio sobre el río Areco y el Paraná de las Palmas. En total, sumaba 62.000 hectáreas
En 1761, poco antes de la expulsión de los jesuitas, el establecimiento mostraba una actividad intensa: tenía 110 esclavos negros, 8.700 vacunos, miles de yeguas, potrancas, potrillos, burros, mulas y unos 70 bueyes destinados al transporte y al arado
Herencias, ventas y nuevas improntas
Tras la expulsión de los jesuitas, la estancia fue comprada por José Antonio de Otálora, suegro de Cornelio de Saavedra. Su hija Ana María fue la primera propietaria de Las Palmas. Luego el campo pasó a Cipriana Soler, casada con Rufino de la Torre, y más tarde se repartió entre sus trece hijos
Uno de ellos, Rufino, vendió la propiedad en 1882 a Benito Villanueva, político, empresario y presidente del Jockey Club en cuatro períodos. Aprovechó las instalaciones existentes y orientó la explotación hacia la cría de caballos
La etapa de Urquiza y Anchorena
En 1889, Villanueva vendió el establecimiento al coronel Alfredo Froilán de Urquiza. Durante catorce años, junto con su esposa Lucila de Anchorena, le dio una nueva fisonomía
Instaló una cabaña ganadera de 1.600 hectáreas, dividida en 30 potreros, con 600 hectáreas sembradas de alfalfa. También funcionaban tambos con tres ordeñes diarios, y la leche era enfriada en un gran piletón antes de ser enviada a la ciudad para su procesamiento
Del patrimonio familiar a la fragmentación
Tras la muerte del coronel, en 1939, su hija María Lucila Urquiza decidió conservar Las Palmas. Más tarde, la estancia quedó en manos de sus hijas Lucilita y Eleonora. Con el tiempo se vendieron partes del campo y en 1992 un grupo privado compró la fracción correspondiente a Lucilita, fallecida centenaria en 2017
La investigación de Josefina Fornieles recupera esta trayectoria de siglos y deja ver no solo los apellidos que pasaron por la propiedad, sino también el trabajo de peones y empleados que sostuvieron la vida cotidiana de la estancia
Leída en perspectiva, Las Palmas permite reconstruir una historia social del campo argentino a través de los cambios de dueño, de explotación y de escala que marcaron su largo recorrido