La Orquesta Estable del Teatro Colón enfrentó este sábado un programa poco frecuente para su trayectoria: dos partituras ajenas al repertorio operístico que suele dominar desde el foso. El reto no era menor, porque tanto Don Quijote, de Richard Strauss, como Los planetas, de Gustav Holst, exigen una combinación de precisión, resistencia y amplitud expresiva

Una prueba superada con oficio

La respuesta fue sólida. La renovación reciente de la orquesta, impulsada por concursos que ampliaron y fortalecieron la plantilla, encontró en Alejo Pérez a un conductor capaz de ordenar el conjunto con claridad y profundidad musical. Su dominio del detalle permitió que ambas obras circularan con cohesión y sentido narrativo

En Don Quijote, Aurélien Pascal asumió la parte solista con técnica impecable, sonido noble y gran control de la afinación. La obra de Strauss, por su propia escritura, deja al chelo en desventaja frente a la masa orquestal en los pasajes más enérgicos, pero Pérez sostuvo la arquitectura general y dio a cada episodio la teatralidad que pedía la partitura

También resultaron decisivos el aporte del concertino Oleg Pishenin y la participación del viola solista David Lau, una de las incorporaciones recientes de la formación, cuyo trabajo como Sancho Panza sumó peso y carácter a la interpretación

La segunda parte ofreció el punto más alto de la noche. Los planetas sonó con contundencia, precisión y una paleta expresiva amplia, desde la fuerza inicial de “Marte, portador de la guerra” hasta la disolución final de “Neptuno, el místico”, sostenida por un coro femenino invisible. La ejecución combinó potencia, lirismo, claridad textural y una concentración ejemplar

El cierre dejó una larga pausa de silencio antes de la ovación. Hubo incluso una anécdota menor, ya dentro del clima de la función: la batuta de Pérez salió de sus manos durante “Júpiter” y fue recuperada más tarde por Pishenin, sin que la música perdiera impulso. Un detalle mínimo para una noche en la que la orquesta y su director salieron airosos de dos obras mayores del romanticismo tardío