El envejecimiento profesional no necesariamente implica una pérdida general de capacidades. Según Arthur Brooks, catedrático de Harvard de 62 años, la inteligencia se transforma a lo largo de la vida y ofrece fortalezas diferentes en cada etapa
Antes de los 40 años suele predominar la inteligencia fluida, vinculada con la memoria de trabajo, la concentración y la resolución rápida de problemas. Sin embargo, estas habilidades no permanecen constantes durante toda la trayectoria laboral
Por qué puede aparecer el agotamiento profesional
Brooks relaciona esta modificación de las capacidades cognitivas con el burnout que muchas personas atraviesan durante la cuarta década de vida. Tareas que antes resultaban sencillas pueden volverse más exigentes, mientras que los desafíos complejos llegan a parecer inalcanzables
La dificultad para mantener el mismo ritmo de años anteriores puede generar frustración, especialmente cuando se intenta competir con las propias capacidades de la juventud o con trabajadores más jóvenes
La experiencia como una nueva ventaja
El descenso de la inteligencia fluida no significa el final del desarrollo profesional. A medida que la rapidez de procesamiento pierde protagonismo, gana espacio la inteligencia cristalizada, formada por los conocimientos y experiencias acumulados
Esta capacidad tiende a crecer durante los 40 y los 50 años, y puede mantenerse elevada durante las décadas siguientes. Su valor no está en reaccionar con rapidez, sino en comprender situaciones, detectar patrones y aplicar aprendizajes previos
La inteligencia cristalizada también se relaciona con la enseñanza, la formación de otras personas y la mentoría. Por eso, la madurez puede favorecer los roles de liderazgo y la toma de decisiones estratégicas
La propuesta de Brooks consiste en adaptar las expectativas a cada momento vital: aprovechar la innovación y la velocidad durante la juventud, y utilizar la experiencia para orientar, formar y liderar en las etapas posteriores