Mucho antes de convertirse en el autor de una de las masacres más recordadas de la Argentina, Ricardo Barreda ya convivía con las armas desde la infancia. Su padre, militar, le enseñó de chico a defenderse y a manipular pistolas, revólveres y rifles. Con el tiempo, esa enseñanza se transformó en una costumbre central de su vida

A los 16 años consiguió su primera escopeta y empezó a salir al campo con amigos por distintos puntos de la provincia de Buenos Aires. También pescaba, sobre todo en el río Salado, y durante años practicó la caza, incluso de manera furtiva. Más adelante sumó el tiro en polígonos y una familiaridad cada vez mayor con las armas largas

Una licencia que deja rastro

Entre los papeles que conservó apareció un dato revelador: un permiso de caza número 116711, otorgado el 25 de abril de 1967 por la Dirección de Conservación de la Fauna de la provincia de Buenos Aires. Barreda tenía entonces 31 años. El documento no resume toda su relación con la caza, pero sí confirma que esa práctica seguía vigente en su adultez

Ese material llegó a manos de Pablo Martí Krenz, periodista y actor que con el tiempo se convirtió en una de las personas de mayor confianza de Barreda y en su biógrafo. Durante años registró conversaciones con él y reunió objetos, papeles y recuerdos que ayudan a reconstruir esa etapa previa al crimen

El vínculo con la escopeta

En una de esas entrevistas, Barreda recordó una cacería nocturna en la que dijo haber sentido el paso de disparos cerca de su cuerpo. “Sí, cazando de noche. Una ráfaga de proyectiles de desconocidos que andaban cerca me pasaron zumbando el balero”, respondió. La escena muestra hasta qué punto estaba acostumbrado al uso de armas y a moverse con ellas

También dejó en claro cómo entendía la caza. Cuando le preguntaron si sentía pena por matar animales, admitió que algunos, sobre todo los más chicos, le daban lástima. Pero enseguida remató con una frase que resumía su lógica: “Tenía muy buen ojo, donde apuntaba, pegaba”. Para él, la actividad estaba asociada a precisión, control y eficacia

La escopeta que volvió a aparecer

Entre las armas que tuvo en su vida hubo una Víctor Sarasqueta, de origen español, que su suegra le había traído desde España. Esa misma escopeta fue la que tomó el 15 de noviembre de 1992 en su casa de La Plata, luego de un cruce con su hija Cecilia en el patio. Minutos después disparó contra su esposa, sus dos hijas y su suegra

Con el tiempo, también alteró el orden de los asesinatos en sus declaraciones, una maniobra ligada a la herencia de la vivienda familiar. Primero dijo una versión y después la modificó, buscando quedar mejor posicionado en la sucesión. El crimen desató una investigación, derivó en su condena a prisión perpetua y marcó el final de su vida pública

Barreda murió el 25 de mayo de 2020, a los 83 años, en una residencia geriátrica de José C. Paz. Para entonces ya había quedado fijada una línea de tiempo difícil de ignorar: un hombre que aprendió a usar armas en la infancia, que cazó desde adolescente y que tuvo un permiso oficial para hacerlo terminó utilizando esa misma escopeta dentro de su propia casa