Un comentario reducido a consigna

Hay una ilusión muy extendida: creer que Internet recuerda. En realidad, suele deformar. Basta una frase recortada, un contexto perdido y la voluntad de leer con mala fe para que décadas de trabajo queden sepultadas bajo una captura de pantalla

Eso fue lo que ocurrió tras la final del Mundial entre España y Argentina. Un mensaje publicado antes del partido y otro después bastaron para que se instalara la idea de que yo había pasado media vida atacando a Argentina. Nada más lejos de mi trayectoria

En el primer tuit deseé el triunfo de España, aunque aclaré que, si había que perder, prefería hacerlo frente a Argentina antes que ante Inglaterra. Después del encuentro, y a raíz de las críticas contra la selección argentina, señalé que el comportamiento de esos futbolistas no representaba al país entero, sino a una parte de él

Una relación de décadas con el país

Lo paradójico es que pocas voces españolas han hablado de Argentina con tanto afecto durante tanto tiempo. Desde 1982, cuando cubrí la guerra de Malvinas y viví varios meses en Buenos Aires, he vuelto medio centenar de veces. He recorrido el país, he celebrado su cine, su teatro y su literatura, y he defendido su tradición cultural con admiración sincera

También he criticado allí, y nunca desde fuera, lo que considero criticable: el desprecio hacia Osvaldo Soriano, el maltrato a los combatientes de Malvinas y otros rasgos de una vida pública que conozco bien. Por eso me resulta absurdo que una opinión sobre once futbolistas se interprete como un rechazo a toda una nación

La red como fábrica de indignación

La polémica dejó otra evidencia: en las redes, leer importa menos que reaccionar. Muchos no buscaron entender el sentido del mensaje, sino una excusa para ofenderse o atacar. Cuando discutir el contenido exige esfuerzo, resulta más cómodo desacreditar a quien habla

Hubo insultos, descalificaciones y una avalancha de opiniones de personas que nunca habían leído mis libros ni seguido mi trabajo. También aparecieron políticos y periodistas dispuestos a convertir cualquier disparate en una causa patriótica. El fútbol, la política y cierta prensa forman una alianza perfecta cuando el ruido sustituye al criterio

Lo que más me dolió no fueron los agravios, sino algunos reproches de lectores y amigos que sí conocen mi trayectoria y aun así dieron por hecho que había traicionado algo esencial. Otros, por fortuna, hicieron lo más difícil en estos tiempos: leer con atención y comprender

Una crítica concreta no equivale a una condena nacional. Disentir no debería ser sinónimo de destruir al otro. Pero esa conversación, que antes parecía normal, hoy sobrevive apenas como una reliquia

Al final, la discusión nunca fue sólo sobre fútbol. Fue sobre la facilidad con que una sociedad decide que un tuit vale más que una biografía y que una reacción instantánea pesa más que cuarenta años de textos, viajes y afectos

Dentro de unos meses nadie recordará este episodio. Quedará, como siempre, el ruido. Y quedará también la certeza de que la Argentina que he admirado durante décadas no es la del griterío digital, sino la de su cultura, su inteligencia y su gente. Esa sigue siendo, pese a todo, la Argentina que amo