Durante un tiempo, subir una escalera en el colegio dejó de ser un gesto rutinario para Sofía Forlenza. Tenía 14 años, llevaba la pollera del uniforme y sabía que detrás podía haber un celular apuntándole por debajo de la ropa

Lo que empezó con fotos tomadas desde lejos en los recreos derivó en un esquema más violento: imágenes compartidas en grupos de WhatsApp, comentarios sobre el cuerpo de las chicas y, después, fotos obtenidas sin consentimiento por debajo de las polleras. Con el tiempo, supieron que situaciones parecidas ocurrían en otras escuelas de Posadas, Misiones

Un daño que no quedó en la pantalla

Sofía recuerda el miedo cotidiano de entrar a un lugar donde ya no se sentía segura. También recuerda la sensación de desprotección: quienes las vulneraban no eran extraños, sino compañeros con los que compartía el aula todos los días

Tras organizarse con otras chicas, visibilizar lo que pasaba y hacer sentadas frente a varias escuelas, la problemática empezó a ser abordada institucionalmente. Hubo acompañamiento y trabajo con estudiantes, y esas prácticas dejaron de repetirse

Su experiencia dejó una advertencia clara: lo que circula en una pantalla tiene efectos reales. Algunas chicas sufrieron ataques de pánico y dejaron de ir a la escuela

La nueva escala del problema

Ese mismo tipo de violencia adquiere hoy una dimensión distinta con la inteligencia artificial. Ya no hace falta que exista una imagen íntima: también puede ser creada o manipulada para humillar, sexualizar y exponer a una adolescente

Los deepfakes sexuales llegaron con fuerza al ámbito escolar y reabrieron una pregunta urgente: cómo prevenir estas situaciones y cómo actuar cuando una imagen ya empezó a circular

En un encuentro virtual sobre violencia digital en la escuela, especialistas coincidieron en que la intervención adulta es decisiva y que la primera respuesta no debe ser minimizar lo ocurrido

Datos que preocupan

Un informe reciente de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, realizado entre más de 900 estudiantes de 12 a 19 años, encontró que el 43% había recibido imágenes o videos manipulados con inteligencia artificial

Al mismo tiempo, solo el 26% dijo haber recurrido a un adulto o a las autoridades escolares frente a situaciones de violencia digital

Según las especialistas, decirle a una víctima que “la imagen no es real” o que “no debería afectarla tanto” puede agravar el daño. La violencia digital también puede derivar en depresión, ideación suicida e intentos de suicidio

Qué puede hacer la escuela

Una de las claves es escuchar el primer relato sin obligar a repetirlo una y otra vez. Eso ayuda a evitar la revictimización y a correr del centro la culpa y la vergüenza

También importa mirar la cadena completa: quienes crean la imagen, quienes la reciben, quienes se ríen, quienes callan y quienes la reenvían

Las especialistas remarcaron además que la prevención debe comenzar antes. Hablar de consentimiento, intimidad, vínculos respetuosos y mandatos de género forma parte de la ESI y puede ayudar a intervenir a tiempo

El desafío, coincidieron, es llegar antes de que la imagen exista o antes de que empiece a circular. Porque cuando eso pasa, el daño puede ser muy difícil de frenar

La clave: no minimizar

El testimonio de Sofía y el avance de los deepfakes muestran el mismo problema desde dos etapas distintas: la violencia entre pares y su nueva versión tecnológica

En ambos casos, la respuesta adulta marca la diferencia. Escuchar, contener y actuar a tiempo sigue siendo la primera forma de cuidado