En cada época, los adultos encuentran un nuevo motivo para advertir que los jóvenes están dañando su mente. Antes fueron los cómics, la televisión, los videojuegos, el rap e internet. Hoy, la preocupación se concentra en el llamado brain rot, la fascinación agotadora ante una sucesión interminable de videos breves, ruidosos y sin un sentido aparente

Capuchinos que bailan, inodoros que cantan, frutas musculosas y personajes creados con inteligencia artificial forman parte de ese universo. Para muchos observadores, son señales de un deterioro cognitivo. Sin embargo, una investigación basada en entrevistas con jóvenes de la Generación Z, de entre 13 y 26 años, muestra una interpretación más compleja

El agotamiento aparece antes que el contenido

Los participantes no describieron el fenómeno como una consecuencia automática de mirar videos absurdos. Según sus relatos, la sensación de “podredumbre cerebral” surge después de navegar durante mucho tiempo por feeds seleccionados por algoritmos

En ese estado, disminuye la capacidad de elegir y la persona termina consumiendo casi cualquier material que aparezca en pantalla. El problema, por lo tanto, no estaría únicamente en el contenido, sino en un entorno que compite permanentemente por una atención limitada

Las plataformas premian los formatos veloces, simples, estridentes y visualmente intensos. Su modelo de negocio depende de prolongar la permanencia de los usuarios, porque cada minuto adicional puede traducirse en más interacción e ingresos publicitarios. La calidad, en cambio, no ocupa necesariamente un lugar central en esa ecuación

Una forma de resistencia dentro del sistema

Los jóvenes entrevistados demostraron ser muy conscientes de esa dinámica. Algunos describieron el brain rot como un contenido que no pretende enseñar, convencer ni vender una imagen idealizada de la vida

Desde esa perspectiva, el absurdo funciona como una especie de “anticontenido”: una forma de rechazar las expectativas de las redes y de desconfiar de las publicaciones cuidadosamente construidas por influencers. Cuando una pieza admite abiertamente que es falsa o artificial, puede parecer menos manipuladora que aquella que intenta presentarse como espontánea

Esta actitud fue definida como “antigratificación”. A diferencia de las teorías tradicionales, que explican el consumo de medios por la búsqueda de información, entretenimiento, conexión o descanso, esta idea señala que, en un entorno donde todo intenta cumplir una función, aquello que deliberadamente no ofrece nada puede resultar tranquilizador

El fenómeno también cumple una función social. Sus frases, sonidos y personajes actúan como una jerga compartida: para quienes están fuera del grupo carecen de sentido, pero para quienes participan expresan pertenencia y complicidad

Alivio y culpa al mismo tiempo

La investigación no presenta al brain rot como una práctica liberadora sin consecuencias. Los mismos jóvenes que encuentran en esos videos una vía de escape también hablan de cansancio, culpa y pérdida de tiempo

Algunos utilizan la expresión death scroll para referirse al desplazamiento incesante de la pantalla hasta quedarse dormidos. Saben que el hábito no les hace bien, pero reconocen que les proporciona un estímulo inmediato y una pausa frente a las exigencias cotidianas

La contradicción refleja la relación con un sistema que los usuarios comprenden, pero del que no pueden apartarse con facilidad. Muchos crecieron dentro de las redes sociales y no imaginan una vida digital completamente distinta

La demanda de un cambio estructural

Por ese motivo, los participantes no plantearon como solución principal las aplicaciones de autocontrol ni los recordatorios sobre el tiempo de uso. La mayoría reclamó transformaciones en el funcionamiento de las plataformas y una regulación capaz de modificar los incentivos actuales

El paralelismo con el tabaco apareció como una forma de explicar esa postura: si el entorno favorece una conducta perjudicial, no basta con pedirle al individuo que se controle. También es necesario intervenir sobre las condiciones que sostienen el hábito

El brain rot, sin embargo, conserva una paradoja. Aunque pueda expresar rechazo a la economía de la atención, continúa generando visualizaciones, datos, métricas y beneficios. El contenido absurdo puede cuestionar las reglas del sistema, pero todavía circula dentro de sus plataformas y ayuda a mantener a los usuarios conectados

La preocupación central, entonces, no debería ser que los adolescentes se estén volviendo menos inteligentes por mirar videos sin sentido. La cuestión es por qué las empresas tecnológicas optimizan sus sistemas para producir permanencia, incluso cuando esa estrategia conduce al agotamiento mental

Las plataformas podrían evaluar su éxito por la percepción de que el usuario aprovechó su tiempo, transparentar mejor las decisiones algorítmicas y ofrecer ayuda cuando detectan señales de cansancio. También podrían facilitar que grupos de usuarios establezcan límites colectivos, en lugar de dejar a cada persona sola frente a mecanismos diseñados para prolongar la sesión

Esas medidas no parecen difíciles desde el punto de vista técnico, pero sí resultan incómodas para un modelo comercial basado en captar atención. El llamado “deterioro cerebral” no sería, así, una prueba de que una generación está perdiendo sus capacidades, sino una señal de auxilio emitida desde el interior de una infraestructura que necesita ser revisada