BUNIA, República Democrática del Congo. Una maestra de 34 años supo que cinco familiares habían contraído ébola y quedó profundamente conmocionada. Su hermano y la esposa de él murieron en julio en un centro de tratamiento de la provincia de Ituri, epicentro del brote más letal registrado en el país

El duelo y la tensión llevaron a la mujer a recibir atención en una clínica de salud mental. Después de dos meses de tratamiento, dijo sentirse mejor, aunque todavía teme ser rechazada por sus familiares y vecinos

El aislamiento agrava el duelo

El riesgo de transmisión limita el contacto con los pacientes, incluso después de la muerte, y dificulta que las familias realicen sus rituales funerarios. A esto se suman los rumores y la creencia, extendida en algunas comunidades, de que la enfermedad es consecuencia de fuerzas malignas

La familia de la maestra se sintió abandonada cuando sus parientes comenzaron a presentar fiebre, vómitos, diarrea y dolor muscular. Los vecinos se mantuvieron alejados hasta que los equipos sanitarios trasladaron a los enfermos y desinfectaron la vivienda

La mujer no contrajo el virus, pero describió la experiencia como un trauma severo. También perdió a otra persona a quien consideraba como un padre. En su barrio, afirmó, muchas otras familias han sufrido muertes similares

Un brote extendido en una región marcada por la violencia

El brote es causado por el virus Bundibugyo, para el que no existe una vacuna ni un medicamento aprobados. Hasta ahora, murieron al menos 4.600 de las 9.500 personas infectadas

La propagación se ha visto favorecida por los desplazamientos masivos de población, la violencia, la desconfianza y las difíciles condiciones de trabajo del personal sanitario. Es el decimoséptimo brote de ébola registrado en el Congo y se extendió a ocho provincias mientras aumentaba el conflicto entre las fuerzas gubernamentales y los grupos rebeldes del este

La respuesta sanitaria se concentró principalmente en tratar a los pacientes y contener la enfermedad. La atención a la salud mental de las personas afectadas recibió menos recursos, pese a que los efectos psicológicos de brotes anteriores pueden persistir durante años y manifestarse como ansiedad y trastornos del estado de ánimo

La demanda de apoyo psicológico crece

El centro de salud mental Samelo, en Bunia, atendió hasta 350 pacientes, un aumento que sus responsables vincularon con el brote. El duelo, el miedo al contagio, el aislamiento social y la sucesión de muertes pueden dejar a las familias y comunidades en una situación de vulnerabilidad prolongada

Cinco meses después del inicio del brote, más del 70% de los nuevos casos correspondía a personas que no figuraban entre los contactos conocidos. Además, al menos el 60% de las muertes ocurría fuera de los centros de tratamiento a comienzos de octubre

La maestra fue dada de alta, aunque continúa asistiendo a controles. Sus otros tres familiares infectados sobrevivieron y su esposo aseguró que ella se encuentra mucho mejor. Sin embargo, el miedo continúa presente en su familia y en el vecindario, donde persiste la incertidumbre sobre el final de la enfermedad