Hay escenas porteñas que parecen extraídas de una canción de tango: una calle vacía, la lluvia fina y la luz de la luna reflejada sobre los adoquines mojados. La imagen tiene una melancolía difícil de encontrar en una superficie de asfalto

Una caminata nocturna por un barrio antiguo invita también a pensar en la transformación de la ciudad. El empedrado perdió espacio frente al asfalto, aunque todavía quedan miles de cuadras capaces de devolver aquella atmósfera de otros tiempos

De los caminos de barro a las primeras piedras

La historia del empedrado porteño se remonta al siglo XVIII, cuando Buenos Aires tenía pocas calles y casi todas eran de tierra. Con cada lluvia, el barro complicaba el paso de peatones, caballos y carretas

En 1734, el gobernador Miguel de Salcedo ordenó construir un camino de piedras entre la puerta del Cabildo y la Catedral. Décadas más tarde, en 1780, el virrey Juan José de Vértiz impulsó el primer adoquinado propiamente dicho, sobre la actual calle Bolívar, entre Hipólito Yrigoyen y Alsina

Las piedras utilizadas provenían del lastre de barcos llegados desde Europa. Se colocaban sobre arena extraída del río, un sistema sencillo pero inestable que dificultaba la circulación

La calle Florida y una pavimentación todavía rudimentaria

Hacia el final del siglo XVIII, el empedrado alcanzó a la actual calle Florida, una de las vías más elegantes del antiguo virreinato. Durante un tiempo, los vecinos la identificaron como la “calle del empedrado”

La expansión de los adoquines por el centro de la ciudad no resolvió todos los problemas. Las piedras irregulares, asentadas sobre una capa delgada de arena, hacían incómodo el desplazamiento de los vehículos y las lluvias volvían a complicar el tránsito

El fallido experimento de Cayetano Cazón

En 1853, el jefe de policía Cayetano Cazón quedó a cargo de distintas obras públicas y ensayó una solución que terminó agravando las dificultades. Para nivelar las calles se utilizaron residuos urbanos, cubiertos luego con piedras de bola traídas desde la isla Martín García

El método fue un fracaso. Los carros y las carretas sufrían el traqueteo del terreno, mientras que el calor hacía fermentar la basura acumulada debajo de las piedras y generaba olores insoportables

La experiencia recuerda, con ironía, que incluso las buenas intenciones pueden conducir a resultados desastrosos

El hormigón consolidó las calles

En 1893 se produjo un cambio decisivo: el hormigón, elaborado con cemento Portland o cal, reemplazó a la arena como base del empedrado. Las calles ganaron firmeza y resistencia frente al agua

Actualmente, el asfalto domina el paisaje urbano, pero de las 30.000 cuadras de Buenos Aires unas 3.800 todavía conservan adoquines. La mitad cuenta además con protección patrimonial

Para quienes buscan rastros de la antigua ciudad, esas calles siguen ofreciendo una escena singular: después de la lluvia, la luna vuelve a dibujarse sobre las piedras de los barrios porteños