Jacinta Grondona aprendió temprano a convivir con el cambio. De chica jugaba en su casa con obras de Edgardo Giménez y Julio Le Parc, y ese contacto con el arte contemporáneo marcó su manera de mirar. Hoy, a los 60 años y con cuatro hijos, muestra en la galería Cecilia Caballero El otro lado, una serie de piezas nuevas que se despliegan en el espacio y se modifican según el movimiento y la luz
Una formación hecha de búsquedas
Su vínculo con el arte empezó en la adolescencia, cuando se inclinó por el dibujo. Antes había escrito poesía y pintado porcelanas junto a su madre, Elena Lynch, quien también la acercó a una actitud abierta frente a la creación. Más tarde pasó por los talleres de Cristina Santander, Miguel Dávila y Aurelio Macchi, a quien reconoce como una figura decisiva en su formación como escultora
De ese aprendizaje le quedó una idea central: no aferrarse a lo hecho. Para Grondona, la obra debe mantenerse viva, lejos de la rigidez. Esa lógica atraviesa también su trabajo actual, que se mueve entre la pintura y la escultura sin definirse por completo en ninguno de los dos territorios
Obras que cambian con el espacio
La muestra reúne más de veinte trabajos realizados este año. Es la primera vez que produce estas piezas suspendidas, pensadas como una instalación site-specific que dialoga con techos, pisos y ventanas. El conjunto obliga a recorrer la galería con la mirada y convierte la arquitectura en parte de la obra
En esas piezas aparece una tensión constante entre forma, color y movimiento. No son cuadros, pero tampoco esculturas cerradas: se reconfiguran según cómo cuelgan o giran, y eso modifica la relación entre sus caras, sus tonos y el lugar que ocupan
Textiles, marcas y nuevas etapas
Durante la pandemia, Grondona encontró otra vía de trabajo. A partir de cursos de serigrafía y de su formación en diseño de moda en Estados Unidos, comenzó a estampar telas y a coser prendas únicas. De ese proceso nacieron sus primeros vestidos y kimonos, que luego dieron forma a su marca textil, Alquimia de las rosas
La elección del nombre surgió de una experiencia personal en un retiro en México, donde una ceremonia con pétalos de rosas le dejó asociada la idea de belleza y transformación. Esa noción volvió a aparecer en su trabajo: la obra como una energía que cambia, conmueve y altera el ánimo
Espiritualidad y permanencia en movimiento
Grondona también vincula su trabajo con una búsqueda espiritual. Se define como católica, aunque se siente cercana al budismo, una influencia que asocia con la impermanencia y con la aceptación de las transformaciones cotidianas. Para ella, la clave está en entender que nada permanece fijo, ni las obras ni las personas
Ese principio, dice, es una forma de mantenerse creativa y vital. En su mirada, aceptar el cambio no es una pérdida sino un ejercicio necesario. Y en esa aceptación encuentra, justamente, la frescura de su obra y de su vida
Su muestra puede verse hasta el 10 de septiembre