FRANKFURT.– La protesta juvenil europea tiene una dimensión visible y otra silenciosa
En Francia, los estudiantes bloquean liceos por la falta de profesores. En Italia marchan contra los recortes en la educación pública. En Madrid y Lisboa acampan para reclamar acceso a la vivienda, mientras que en Bélgica ocupan universidades contra un aumento del 43% en las matrículas
La otra protesta se expresa de manera menos estridente. En Alemania, el 29% de los jóvenes de entre 14 y 29 años dice necesitar apoyo psicológico y uno de cada cinco planea emigrar. La mayoría quiere trabajar, pero duda cada vez más de que el esfuerzo alcance para construir un futuro
El historiador francés Pierre Rosanvallon sostiene que, junto con la lucha de clases, está surgiendo una lucha entre generaciones. Según su interpretación, las democracias toman decisiones orientadas al próximo ciclo electoral y trasladan los costos a quienes todavía no votan o tienen menor peso político
Ese desequilibrio aparece en la deuda pública, las pensiones y los sistemas previsionales. Tanto el régimen de reparto como la capitalización individual terminan comprometiendo recursos del futuro
Vivienda, herencia y recursos escasos
Los jóvenes europeos se independizan de sus padres, en promedio, a los 26 años. En Italia, España, Grecia y Croacia lo hacen después de los 30. En Portugal, el precio de la vivienda aumentó un 180% entre 2015 y 2025
Los presupuestos destinados a escuelas, universidades y viviendas compiten con el gasto en pensiones y defensa. En una disputa por recursos limitados, los jóvenes cuentan con menos votos, menos organizaciones y menos capacidad para influir en las decisiones
La desigualdad generacional también está atravesada por la herencia. En el sur de Europa, muchas personas compran su primera vivienda con ayuda familiar; en Italia, esa proporción llega al 72%. La diferencia entre jóvenes propietarios e inquilinos prolonga una desigualdad social más antigua
Una generación formada por varias crisis
Para el sociólogo Karl Mannheim, nacer en una misma época no basta para formar una generación. Hace falta una experiencia compartida que transforme a una cohorte en un actor político
Quienes hoy tienen entre 15 y 30 años atravesaron la crisis financiera de 2008, la pandemia, la guerra en Ucrania y la inflación durante su ingreso a la vida adulta. Para muchos, el futuro dejó de ser una promesa y pasó a percibirse como una amenaza
Sin embargo, una experiencia común no produce una respuesta política única. El mismo temor puede llevar a grupos de jóvenes hacia posiciones opuestas
Entre la participación y los extremos
Las elecciones regionales alemanas del 20 de septiembre mostraron esa fractura. En Berlín, Die Linke obtuvo el 47% de los votos entre los jóvenes de 16 a 24 años. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la AfD fue la fuerza más votada en esa franja, con el 35%
También existe una división por género: las jóvenes se acercan más a la izquierda radical y los varones jóvenes, a la ultraderecha. Cuando los partidos tradicionales no ofrecen representación, crece el atractivo de quienes prometen romper con el sistema
El sociólogo Klaus Hurrelmann y Rosanvallon coinciden en la necesidad de crear espacios de diálogo entre generaciones y de incorporar a los jóvenes en las decisiones que afectan su vida
Un grupo de estudiantes del liceo Lamartine, en París, propuso organizar un “parlamento de las generaciones”, un ámbito de discusión que todavía no existe. La iniciativa parte de una idea central: los conflictos que no encuentran un espacio institucional pueden terminar expresándose en la calle
La disputa no debería convertirse en una guerra entre jóvenes y jubilados. Presentar a unos como privilegiados y a otros como víctimas puede alimentar la demagogia. Hacer visible el conflicto, en cambio, permitiría negociarlo
Europa debate cuánto destinar a la defensa, cómo sostener las pensiones y cómo controlar el déficit, pero rara vez responde quién pagará esos costos. Mientras el conflicto generacional no tenga nombre ni instituciones, los jóvenes seguirán enfrentando tres salidas: la protesta, el voto a los extremos o la emigración