Las manos de María descansan sobre la mesa y sostienen las cartas con una energía que desmiente cualquier idea fija sobre la vejez. Tiene 92 años, perdió movilidad y necesita oxígeno, pero sigue pensando, opinando, haciendo chistes, recordando historias y discutiendo cada jugada con su nieto, Jorge Yunes

El encuentro entre ambos, durante un fin de semana largo, terminó convertido en una reflexión sobre el tiempo, los vínculos y la manera en que se mira a las personas mayores. Yunes, mediador y abogado, trabaja en la intersección entre neurociencia, derecho y creatividad, y volvió a llevar esa mirada a una escena doméstica: una partida de cartas en la que no hay un adulto acompañando a una persona frágil, sino dos jugadores con ganas de ganar

La mesa como punto de inflexión

En su texto, Yunes planteó que muchas veces la vejez se observa desde la pérdida: memoria, velocidad, autonomía, intereses, ánimo o aliento. Pero la experiencia con su abuela le permitió correrse de ese enfoque y ver otra cosa. “Envejecer puede ser interesante también”, resumió

La escena más repetida es simple: las manos de María sobre la mesa. Las mismas manos que lo sostuvieron de niño todavía pueden barajar, elegir una carta, equivocarse, ganar, perder y seguir jugando. Para Yunes, ese gesto cambia el sentido de la partida. No se trata de entretenerla, sino de sentarse a jugar con ella de igual a igual

“Cuando jugamos a las cartas no estoy haciendo una actividad ‘para entretenerla’”, escribió. “Estoy abandonando mis otras actividades para jugar junto a ella”

En esa lógica, la edad deja de ocupar el centro. Lo que aparece es una conversación entre pares, con espacio para la risa, la discusión por una mano y hasta la trampa. Durante unas horas, la palabra vejez desaparece de la mesa

Reír, hablar y no esquivar lo difícil

Otro de los puntos que Yunes destaca es la risa. Cuenta que su abuela se ríe de sus chistes, hace los suyos y a veces se ríe sin motivo aparente. A partir de esa observación, vincula la felicidad con la capacidad de disfrutar el humor, más que con producirlo

La idea le sirve para reforzar una tesis central: el bienestar no se extingue con la edad ni se agota en una lista de capacidades perdidas. También puede habitar en la vitalidad cotidiana, en el comentario oportuno, en la ironía compartida y en la posibilidad de seguir conversando

Yunes dijo que no quería escribir solo sobre longevidad, sino sobre el tiempo. Sobre el que se tiene, el que se cree tener y el que se deja pasar pensando que después habrá oportunidad de volver atrás

En ese punto recordó también una reflexión previa sobre los arrepentimientos más comunes al final de la vida: haber vivido pendiente de las expectativas ajenas, haber trabajado demasiado, no haber expresado sentimientos, haber descuidado vínculos y no haberse permitido ser más feliz

Su conclusión es directa: las cartas que no se juegan también son las conversaciones que se postergan

Por eso, en la relación con María, los temas difíciles tampoco quedan afuera. Cuando ella quiere hablar de la muerte, hablan. Cuando quiere saber cómo está él o qué le pasa, también hablan. La reciprocidad es parte del vínculo: no solo acompañarla, sino dejarse interpelar por ella

Lo que todavía queda en el mazo

El cierre de la historia conecta esta escena con otra, más íntima, en la vida de Yunes. Tras contarle a quien le propuso convertir su texto en una nota, habló de su primera media maratón, de las lágrimas al cruzar la meta y de una expectativa que no se cumplió: durante la carrera, casi sin darse cuenta, había esperado encontrar a alguien esperándolo al final

“Hoy no esperé a nadie. Me abracé a mí mismo y lloré”, dijo en un audio. También recordó a su padre, que murió de cáncer a los 46 años, y el hecho de haber corrido esa prueba por primera vez a los 47

La escena de la meta terminó de cerrar el círculo. Pensar en su abuela, en sus cartas, en sus preguntas y en su capacidad de seguir presente llevó esa idea a otro lugar: quizá nadie corre completamente solo, y quizá tampoco una partida termina cuando se levanta el mazo

No se sabe cuántas cartas quedan. Tampoco cuántas partidas más habrá. Justamente por eso, dice Yunes, cada tarde compartida importa