Marcelo Pacheco habla con la certeza de quien pasó décadas estudiando el coleccionismo argentino. Frente a la eventual venta de la colección Blaquier, su diagnóstico es directo: la pérdida más grave no sería extranjera, sino local. Según explica, lo que podría irse del país son unas dos mil obras, muchas de ellas de arte argentino

Historiador del arte, exintegrante del Museo Nacional de Bellas Artes, excurador en jefe del Malba y cofundador del Archivo Espigas, Pacheco vuelve ahora sobre un tema que conoce en profundidad: cómo se formaron las colecciones privadas en la Argentina y por qué casi no hubo donaciones significativas en el último siglo

Una tradición que se quebró

Pacheco sostiene que el cambio se produjo con la expansión del coleccionismo moderno, desde los años 20. A su juicio, las grandes donaciones del siglo XIX fueron excepcionales, pero luego la lógica dominante pasó a ser otra: acumular, conservar en privado y, más tarde, vender

En esa línea, cuestiona la idea de que colecciones como Santamarina o Di Tella hayan sido verdaderas donaciones voluntarias. Afirma que en ambos casos hubo condicionamientos, acuerdos forzados o decisiones estatales que desmienten el relato de una entrega libre al patrimonio público

El caso Blaquier

Para Pacheco, el problema que plantea Blaquier es más amplio que una operación de mercado. Si la colección se vende, dice, se perderán piezas clave de arte argentino, desde obras decimonónicas hasta nombres centrales de la modernidad como Berni, Pettoruti, Noé, De la Vega, Fontana, Figari, Torres García y Barradas

También remarca que la familia no donó obras al Museo Nacional de Bellas Artes, a diferencia de otras colecciones decisivas para la historia del país. En su lectura, ese vacío deja a la vista una falla compartida entre los privados y el Estado

“Es mutuo, cómplice uno del otro”, resume sobre la falta de políticas sostenidas para proteger ese tipo de patrimonio

Privilegio privado, patrimonio público

Pacheco distingue entre proyectos personales y políticas de colección pensadas para durar más allá de una familia. Menciona como casos singulares los de Hirsch y Amalita Fortabat, donde sí hubo voluntad de trasladar parte del acervo a instituciones públicas o de dejarlo en el país

En cambio, observa que entre los herederos suele faltar interés por continuar colecciones privadas. Según su mirada, eso explica por qué muchos conjuntos terminan dispersándose en el exterior o diluyéndose en ventas sucesivas

Un patrimonio que define identidad

El especialista también vincula las diferencias entre coleccionistas rurales e industriales con dos maneras distintas de construir pertenencia. Mientras unos apostaban por el criollismo y el linaje territorial, otros buscaron legitimarse mediante Old Masters y obras europeas de mayor tradición

En esa comparación, asegura que la pérdida de ciertas piezas no solo afecta a los museos: empobrece la posibilidad de contar una historia cultural más completa y cosmopolita de la Argentina

Para Pacheco, el debate no se agota en una venta. Lo que está en juego es una pregunta mayor: quién se hace cargo de preservar aquello que, una vez salido del país, probablemente no vuelva