Yayoi Kusama murió el 14 de agosto a los 97 años. La noticia fue dada a conocer por el museo que fundó en Tokio en 2017, la ciudad donde pasó sus últimos años bajo internación voluntaria por su frágil salud mental

Su trayectoria quedó asociada a una idea central: transformar las visiones que la asediaron desde la adolescencia en una obra inconfundible. Redes, lunares, calabazas, espejos y formas repetidas hasta el vértigo definieron un lenguaje propio que la volvió una figura decisiva del arte contemporáneo

De las visiones al lenguaje artístico

Su primer episodio alucinatorio llegó en 1941, cuando tenía 12 años, mientras dibujaba en campos vinculados al trabajo familiar. Dijo haber visto flores con rasgos humanos y haber escuchado voces cada vez más intensas. Desde entonces, comenzó a dibujar como una manera de registrar ese mundo interior

La infancia de Kusama estuvo marcada por un hogar tenso, con un padre infiel y una madre que rechazaba su vocación artística. Aun así, logró formarse en Kioto y más tarde vivió durante un tiempo en la casa de un poeta, donde se acercó a la pintura de calabazas, un motivo que después sería uno de sus emblemas

Tras la Segunda Guerra Mundial encontró otro impulso decisivo en un libro sobre Georgia O’Keeffe. Le escribió, recibió respuesta y finalmente viajó a Estados Unidos en 1957 con obras, kimonos y dinero escondido en su ropa. Poco después expuso por primera vez en ese país

La artista del infinito

En Nueva York desarrolló algunas de sus series más influyentes: las redes monocromas, los cuerpos cubiertos de lunares y las instalaciones de espejos que parecían prolongar el espacio sin fin. Obras como Infinity Mirror Rooms la convirtieron en una pionera de la inmersión visual

También llamó la atención por sus acciones públicas en la década de 1960, cuando organizó happenings, performances y piezas vinculadas a la contracultura. En esos años fundó proyectos comerciales y artísticos en torno a la moda, el cine y experiencias colectivas, siempre atravesadas por la repetición y la provocación

Su regreso a Japón no apaciguó del todo sus crisis, pero sí consolidó una etapa de producción sostenida. Desde el hospital donde decidió vivir trabajó en pintura y escritura como dos caras de una misma búsqueda: explorar la mente y seguir avanzando

Con el tiempo, su obra alcanzó un alcance global. Tuvo exposiciones masivas en ciudades como Londres, Berlín, Nueva York y Buenos Aires, y una de sus calabazas alcanzó un precio récord en subasta. Kusama pasó de la marginalidad al centro de la escena sin abandonar la obsesión que la definió: convertir el desorden interior en forma artística