Pablo Giesenow habla de resiliencia sin teoría de por medio. Su historia reúne duelos familiares, un accidente de tránsito que le amputó ambas piernas y una reconstrucción marcada por el deporte, la familia y la decisión de no quedarse detenido en la herida
Antes del choque, ya había atravesado pérdidas profundas: la muerte de dos hermanas. Con el tiempo, esa experiencia también se volvió parte de una mirada que hoy transmite en escuelas, charlas y encuentros con personas que buscan salir adelante después de una adversidad
Una infancia marcada por la familia
Creció en Viamonte, al sur de Córdoba, en una casa atravesada por la vida pública y el trabajo de su padre, que fue médico e intendente. Pasó allí una infancia de pueblo, con amigos de toda la vida y el fútbol como gran sueño adolescente
Sin embargo, terminó estudiando Abogacía en Córdoba capital. La vocación deportiva nunca desapareció, aunque quedó del lado amateur cuando se instaló la vida universitaria, el trabajo y luego la paternidad
Las pérdidas que lo atravesaron
Su primer contacto con la muerte fue muy temprano, cuando murió Claudia, una hermana que vivió apenas veinte días. Años después llegó el golpe más duro: el suicidio de Ana Laura, otra hermana, en 1997, cuando Pablo tenía 20 años
Aquella muerte sacudió de lleno a toda la familia. El impacto dejó una marca emocional que, con el tiempo, reforzó la necesidad de sostenerse entre los hermanos y de apoyarse en los padres como primer refugio
El día en que cambió todo
El 24 de enero de 2015 salió desde Córdoba hacia Santa Cruz para sorprender a su padre por su cumpleaños. En La Pampa, bajo una lluvia intensa, el auto hizo aquaplaning, perdió el control y terminó contra un guardarraíl que atravesó el vehículo de lado a lado
El impacto le amputó ambas piernas por debajo de las rodillas. Pasó largos minutos consciente, asistido primero por dos hombres que frenaron en la ruta y después por bomberos, personal médico y policías que lograron trasladarlo con vida al hospital
Más tarde supo que había perdido cerca de cuatro litros de sangre. También supo que la respuesta rápida y su buen estado físico habían sido claves para sobrevivir
Volver a empezar
Después de la internación y la rehabilitación, se fijó una meta simple: recuperar la mayor autonomía posible. Empezó por aprender a vivir con la silla de ruedas, luego esperó la cicatrización y más tarde se preparó para usar prótesis
Diez meses después del accidente ya podía caminar. Con el tiempo volvió a correr, primero en entrenamientos, luego en competencias, y también retomó actividades de montaña. Su vida deportiva se convirtió en un símbolo de reconstrucción
En ese camino conoció a otras personas amputadas, recibió ayuda de profesionales y consiguió acceder a prótesis también para correr. Para él, el deporte no solo fortaleció el cuerpo: le ordenó la cabeza y le devolvió proyectos
Una historia que sigue en movimiento
Además de trabajar y dar charlas, escribió un libro pensado como guía para quienes atraviesan momentos difíciles. También volvió a ser padre con Matilda, nacida durante la pandemia, y sostiene que esa etapa le dio otra perspectiva sobre la vida cotidiana
Hoy vive una vida activa, comparte su experiencia con adolescentes y familias y suele repetir una idea que condensa su mirada: no se trata de lo que le pasó a una persona, sino de lo que hace con eso
En su caso, la respuesta fue volver a empezar una y otra vez