En Texas hay un pequeño pueblo que, por su fisonomía, recuerda a una antigua ciudad mexicana. Se trata de Roma, una localidad fronteriza junto al Río Grande cuyo centro histórico recibió una distinción patrimonial nacional en 1993
Un trazado colonial que sigue en pie
Fundada en 1765 por exploradores españoles, Roma conservó la plaza, el diseño urbano y varios edificios que remiten a su origen colonial. Sus construcciones también guardan similitudes con Ciudad Mier y Guerrero Viejo
La arquitectura del lugar refleja técnicas utilizadas durante el siglo XIX en el norte de México y el suroeste de Estados Unidos. Por esa variedad, la documentación oficial describe sus edificios como un catálogo vivo de los sistemas constructivos de la región fronteriza
De puesto colonial a centro comercial
Tras la independencia de México en 1821, Roma dejó de ser solo un puesto colonial y pasó a desempeñar un papel comercial. En la década de 1830, su ubicación ayudó a conectar el interior con los mercados del Golfo de México
Hacia fines del siglo XIX, el pueblo funcionó como el puerto occidental más alejado para barcos de vapor y embarcaciones de fondo plano que transportaban mercaderías por el Río Grande
Durante la Guerra Civil estadounidense, además, Roma se convirtió en un punto logístico para la Confederación. Desde allí salió algodón destinado a compradores europeos, evitando los bloqueos navales de la Unión
El valor patrimonial del centro histórico
En 1993, el centro de Roma fue declarado National Historic Landmark District, la máxima distinción que concede el Departamento del Interior de Estados Unidos a un distrito histórico
La nominación destacó a Roma como una comunidad intacta poco común y como el único asentamiento conservado en Estados Unidos derivado de la colonización, la planificación urbana y el sistema de concesiones de tierras impulsados por José de Escandón a mediados del siglo XVIII
Materiales y oficios que marcan la identidad
Los edificios del distrito histórico fueron levantados con arenisca del río, piedra caliza de caliche y ladrillos moldeados. En sus fachadas sobreviven técnicas tradicionales asociadas con la arquitectura del norte mexicano
El rejoneado combinaba piedras grandes y pequeñas para crear patrones. El sillar, en cambio, ordenaba las piezas en filas cuidadas. Los remates incluían revoque de cal áspero y franjas decorativas de yeso liso en distintos colores
A fines del siglo XIX, el inmigrante alemán Enrique, también identificado como Heinrich, Portscheller incorporó nuevos rasgos. Instaló una fábrica de ladrillos en Roma e introdujo piezas moldeadas, esquinas redondeadas, motivos clásicos y balcones de hierro forjado
Sus diseños reunieron influencias de Monterrey y Nueva Orleans. Parte de ese trabajo todavía se conserva en viviendas y antiguos comercios del centro
Casas, aduana y puente: las postales que quedan
Entre las obras atribuidas a Portscheller figura la residencia y comercio de Manuel Guerra, un edificio de dos plantas que mantiene su balcón original de hierro forjado
También sigue en pie la antigua aduana, una pequeña construcción de ladrillos sobre un acantilado frente al río donde antes se pagaban los derechos del comercio fluvial. Más tarde, funcionó como sede municipal y cárcel
Otra pieza destacada es la casa John Vale/Noah Cox, construida en 1853, que conserva detalles tallados en arenisca. El área suma antiguos muelles y el puente internacional Roma-Ciudad Miguel Alemán, de 1928, declarado State Antiquities Landmark
Hoy, los principales puntos del distrito pueden recorrerse mediante visitas autoguiadas