Recuerdo haber visto Promesas en alguna edición del Bafici. Se estrenó en 2001, fue nominado al Oscar en 2002 y hoy cuesta imaginar una película así
Dirigido por Carlos Bolado, B.Z. Goldberg y Justine Shapiro, el documental partía de una idea tan simple como difícil: reunir a chicos palestinos e israelíes, vecinos de Jerusalén y sus alrededores, para que compartieran una jornada juntos
Goldberg, criado en Jerusalén, aparece todo el tiempo en pantalla, hablando con familias, midiendo resistencias, escuchando dudas. Al final, consigue que siete niños y niñas se encuentren, jueguen, conversen, rían y merienden como cualquier grupo de chicos
Pero hacia el cierre, la cámara lo registra llorando. Durante años pensé que era emoción
No lo era
Una desaparición que no es global, sino local
En 2014, la escritora y periodista palestina Ibtizam Azem, nacida en Tayibe en 1974 y radicada en Nueva York, publicó El libro de la desaparición. Este año apareció su versión en español. La novela imagina un hecho brutal: un día, sin explicación alguna, desaparecen todos los الفلسطينيenses
La idea recuerda, en parte, a The Leftovers, la serie de HBO que también debutó en 2014 y arranca con la “Partida Súbita”, cuando el 2% de la población mundial se esfuma. Pero aquí la ausencia no es planetaria. Es precisa, localizada y política
Dos voces para un mundo roto
Antes del “día”, la novela presenta a Ariel, periodista israelí, y a Alaa, fotógrafo palestino. Tienen edades parecidas, son vecinos, suelen verse para tomar algo y discutir de política. A veces chocan; por lo general, se entienden. En una fiesta, incluso, Alaa bromea: “Soy el árabe que necesitáis para decir que tenéis un amigo árabe”
Tras la muerte de su abuela, Alaa empieza a escribir un diario que funciona como conversación con ella. Cuando llega la desaparición, Ariel encuentra ese cuaderno mientras busca material para cubrir la noticia que el mundo entero reclama. Desde entonces, la voz de Alaa sigue viva a través de la lectura que hace el periodista
Sin fanáticos, con contradicciones
La mayor virtud de la novela está ahí: nadie está dibujado en clave extrema. No hay caricaturas ni trazos gruesos. Los personajes son personas comunes, atravesadas por un territorio herido, obligadas a sostener la vida como pueden. Y justamente por eso resultan inquietantes: porque no se protegen detrás de la rigidez del fanatismo
No voy a revelar el final. Solo diré que, al terminar la novela, volví a pensar en el llanto de B.Z. Goldberg. No era alivio ni emoción. Era otra cosa: un dolor imposible de medir para quienes no nacimos ni crecimos en Medio Oriente