El 14 de agosto de 1988, Massimo Lorusso tenía 17 años y disfrutaba de un día de verano en Rímini. El cielo estaba despejado, la temperatura superaba los 30 grados y varios jóvenes se arrojaban al mar desde un viejo muelle de madera

Massimo tomó impulso, se lanzó de cabeza y golpeó violentamente contra algo que nunca logró identificar. No sintió dolor, pero su cuerpo dejó de responder. Mientras permanecía consciente bajo el agua, intentó mover los brazos y las piernas sin conseguirlo

Algunas personas advirtieron que no regresaba a la superficie y lograron rescatarlo. En la ambulancia, todavía intentaba mover un dedo, una mano o un pie. También preguntó si volvería a caminar. Nadie pudo darle una respuesta

Aprender a vivir desde otra realidad

El accidente provocó una pérdida de movilidad en gran parte de su cuerpo y lo convirtió en una persona dependiente de asistencia para muchas actividades cotidianas. Comenzaron los hospitales, las operaciones, los tratamientos y la incertidumbre sobre su recuperación

Hasta entonces, Massimo había trabajado como barista desde los 12 años, practicaba gimnasia y tenía numerosos proyectos. Durante aproximadamente un año atravesó un período marcado por las lágrimas y las preguntas. Con el tiempo entendió que aceptar una realidad no significa considerarla justa ni dejar de desear algo diferente, sino reconocer desde dónde comenzar a vivir

También cambió la pregunta que se hacía. Del “¿por qué a mí?” pasó a preguntarse qué podía hacer con la vida que todavía tenía por delante. Más adelante, frente a nuevas dificultades, comenzó a pensar qué podía aprender de ellas

La familia, la fe y la esperanza cotidiana

Su familia fue un sostén fundamental. En una ocasión, Massimo le dijo a su madre que se sentía culpable por todo lo que ella debía hacer por él. La respuesta quedó grabada en su memoria: “Vos no sos una carga. Sos mi hijo”

La esperanza también apareció en gestos simples: esperar una visita, resolver un problema, recibir una llamada o terminar un día difícil sabiendo que habría otro. Para Massimo, no siempre tiene una forma extraordinaria

Su fe también se transformó. Al principio le pedía a Dios volver a caminar. Con los años, comenzó a pedir fuerza y orientación para mantenerse íntegro dentro de una situación que quizá no cambiaría

El reencuentro con su hija Sara

Poco antes del accidente, Massimo había conocido a Sara, una hija nacida de una relación adolescente con Elisabetta. La vio por primera vez el 12 de agosto de 1988, apenas dos días antes del salto al mar

Después del accidente hubo encuentros esporádicos y, con el tiempo, perdió casi por completo el contacto con ella. Inició entonces una búsqueda que incluyó cartas, viajes, personas y servicios sociales

Años más tarde descubrió que Sara había crecido creyendo que él estaba muerto. Cuando finalmente se reencontraron, ella le preguntó dónde había estado. Massimo le explicó que nunca había dejado de buscarla

Actualmente mantienen una buena relación. Él no intenta recuperar el pasado, sino cuidar el vínculo en el presente. Una llamada o un mensaje pueden parecer gestos pequeños, pero para él tienen un enorme valor

Una vida compartida con Sonia

Durante muchos años, Massimo recibió tratamientos en dos centros residenciales: Ca’Luiggi, en las afueras de Milán, y Mater Gratiae, en Milán. En este último conoció a Sonia, quien había llegado de visita junto con una amiga

La relación comenzó con una conversación en la biblioteca y una broma intercambiada por mensaje. Con el tiempo, ambos construyeron un vínculo cada vez más profundo. Cuando Massimo le explicó que antes de casarse debía conseguir salir de la residencia, Sonia respondió: “Y lo conseguiremos”

En enero de 2019, Massimo abandonó definitivamente la institución para casarse con ella. Desde entonces viven juntos. Él recuerda que Sonia nunca intentó salvarlo, sino construir una vida a su lado

Para Massimo, su sonrisa tampoco significa que todo esté bien. Representa su decisión de no permitir que el sufrimiento determine la manera en que trata a los demás

El derecho a decidir

En los años posteriores al accidente también enfrentó pérdidas importantes. En 2008 murió su hermana Angela. Más tarde acompañó el deterioro de su madre por el Alzheimer, hasta su muerte el 4 de agosto de 2019. Después contrajo Covid y atravesó momentos en los que respirar dejó de ser algo garantizado

Massimo sostiene que algunas pérdidas no se superan por completo: se aprende a vivir con ellas de otra manera. Su objetivo es que el dolor no se lleve también todo lo que permanece

Una de sus principales preocupaciones es que las personas que dependen de otros no se vuelvan invisibles. Para evitarlo, considera necesario devolverles un lugar real en las decisiones que afectan sus vidas

La asistencia, afirma, debería permitir una vida más plena y no reducir el derecho a elegir. Que otros hablen de una persona no alcanza: también deben hablar con ella, escuchar sus deseos y respetar sus decisiones

Una historia que continúa

Massimo decidió escribir su autobiografía, La voz del silencio: lo que las palabras no dicen, después de comprender que algunos recuerdos necesitaban encontrar un lugar

Su mensaje es que el valor de una persona no depende de su autosuficiencia. Necesitar ayuda para realizar actividades cotidianas no disminuye la dignidad ni limita todo lo que todavía puede construirse

Tampoco quiere que su historia quede resumida en la frase “un hombre que nunca se rindió”. Esa definición, aunque positiva, podría ocultar el miedo, el cansancio y la vulnerabilidad que también forman parte de su experiencia

El libro tiene una última página, pero su vida continúa. Después de todo lo vivido, Massimo conserva una certeza: que una puerta cerrada no significa necesariamente que todas las demás también lo estén