Cuando el termómetro sube y encender el horno no parece una opción, una salsa de tomate crudo puede resolver la comida con poco esfuerzo y mucho sabor. La idea es simple: aprovechar tomates en su punto justo, sumarlos con ajo y albahaca, y dejar que el tiempo haga el resto

Una receta flexible y sin vueltas

Para esta versión se pueden usar tomates cherry, perita, heirloom u otras variedades sabrosas. Si son más grandes, conviene pelarlos y quitarles las semillas antes de cortarlos; si no, también pueden quedarse con toda su textura para una salsa más rústica

La base lleva tomates cortados, ajo picado, hojas de albahaca, sal y aceite de oliva extra virgen. Después de mezclar todo en un bowl amplio, la preparación debe reposar tapada al menos una hora, idealmente en un sitio cálido y con sol

Cómo llevarla a la mesa

La pasta se cocina aparte, al punto que cada uno prefiera. No hace falta terminarla dentro de la salsa: se mezcla ya cocida y caliente, para que absorba los jugos del tomate y el perfume del ajo

Al servir, se puede sumar un hilo extra de aceite de oliva, más albahaca fresca y, si se quiere, queso rallado fino como Parmigiano-Reggiano o Pecorino Romano. También funciona bien si la pasta reposa unos 15 minutos antes de comerla

El truco con tomates grandes

Si se usan tomates más voluminosos, el pelado resulta útil para lograr una textura más limpia. Para hacerlo, se marcan con una cruz en la base, se pasan brevemente por agua hirviendo y luego por un baño de hielo. Cuando se enfrían, la piel sale con facilidad y la pulpa se puede picar para integrar a la salsa

El resultado es una preparación sencilla, adaptable y pensada para repetir durante el verano: funciona tanto recién hecha como al día siguiente, cuando los sabores ya se concentraron más