La historia de Woodstock no empieza con una guitarra ni con una multitud, sino con una llamada telefónica. En julio de 1969, los organizadores del festival se habían quedado sin lugar para hacerlo después de perder el predio de Wallkill, en Nueva York. La alternativa apareció de manera inesperada: Max Yasgur, un granjero de Bethel, aceptó alquilar su finca de 600 acres y cambió el destino del evento

Una decisión que desató rechazo

Yasgur no era un fanático del rock ni buscaba protagonismo. Tenía casi 50 años y había tomado la decisión por una mezcla de oportunidad económica y convicción práctica: la temporada había sido mala para la producción de heno y el arrendamiento le ofrecía un ingreso necesario

Su elección, sin embargo, lo enfrentó con buena parte de su comunidad. Vecinos colocaron carteles contra el festival, recibió amenazas por teléfono y las autoridades locales se movieron con demoras y resistencias. Aun así, Yasgur siguió adelante. También tuvo gestos que lo volvieron inolvidable, como ordenar agua gratuita en su granero cuando supo que algunos intentaban venderla a los asistentes

El campo que se volvió ciudad

Entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, Woodstock terminó desbordando cualquier previsión. Lo que había sido pensado como un evento pago se volvió de acceso libre por la magnitud de la llegada del público y el colapso de los controles. En Bethel se reunieron entre 400.000 y 500.000 personas, suficiente para convertir al lugar en una ciudad improvisada durante cuatro días

La primera noche abrió con Richie Havens y siguió con una programación que mezcló folk, rock y sonidos de otras tradiciones. Luego llegaron Santana, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin, The Who, Jefferson Airplane, Joe Cocker, Crosby, Stills, Nash & Young y Jimi Hendrix, entre muchos otros

La lluvia, el barro, la falta de infraestructura y los traslados en helicóptero también pasaron a formar parte de la leyenda

La herencia de Yasgur

Yasgur subió al escenario y habló frente a la multitud. Con el tiempo, su figura quedó asociada a la imagen de un hombre común que terminó sosteniendo un acontecimiento extraordinario. Después del festival fue demandado por vecinos, la relación con su entorno se quebró y vendió la granja en 1971. Murió en 1973, a los 53 años

Hoy el predio de Bethel integra el Registro Nacional de Lugares Históricos y conserva un memorial dedicado a su nombre. Woodstock siguió creciendo como símbolo generacional, pero su punto de partida sigue ligado a ese granjero que aceptó abrir su campo cuando todo parecía perdido