Antes de que el tren parta, comienza el ritual: no bloquear las puertas, dejar pasar a quienes descienden y sujetarse con cuidado. En el vagón viaja una ciudad completa, de regreso después de la jornada
También aparece la advertencia habitual sobre los pungas. El anuncio despierta la preocupación de casi todos, salvo de quienes avanzan con auriculares sin advertir que el teléfono puede estar a punto de desaparecer de sus bolsillos
Una ciudad comprimida en pocos metros
El subte porteño es mucho más que un tren subterráneo. Es un símbolo de la ciudad: fue el primero de América Latina, conserva estaciones ubicadas a una distancia llamativamente corta, como Alberti Norte y Pasco Sur, y concentra multitudes en cruces como el de Carlos Pellegrini
Cuando finalmente se cierran las puertas, el vagón comienza a recorrer las entrañas de Buenos Aires. Allí conviven el estudiante que repasa antes de un parcial, la lectora concentrada en su novela, el pasajero que sigue el ritmo de una canción y la mujer que protege su cartera como si llevara una fortuna
Todos forman una masa cambiante de cabezas, brazos y piernas. El movimiento es casi coordinado: cuando el tren se acerca a una estación, los pasajeros levantan la mirada para comprobar que no se les pase la parada
El espectáculo también sube al vagón
Si hay espacio, el viaje incorpora sus propios artistas. Un rapero improvisa a partir de palabras que le ofrecen los pasajeros; un guitarrista encadena clásicos del rock nacional, con “Puente”, de Cerati, como presencia recurrente; y alguien ensaya una coreografía sobre patines
Después de recorrer el vagón y reunir algunas monedas, los artistas cambian de formación. Poco después, desde otro sector del tren, vuelven a escucharse los acordes de la misma canción
La escena puede interrumpirse por una venta ambulante. Una voz anuncia una oferta excepcional, con productos de primera marca, presentación original y una promoción 2x1 destinada a escolares, universitarios, trabajadores, familias o quienes buscan un regalo
La oportunidad, según el vendedor, termina ese día. Pero al día siguiente regresará con el mismo carácter urgente de “solo por hoy”
El último desafío: llegar a la salida
El traqueteo del tren puede hacer perder el equilibrio a más de un pasajero. Por eso hay que sujetarse, aunque sin tocar demasiado: en los ganchos plásticos del techo se apoyaron manos de toda la ciudad durante horas
Los antiguos asientos de felpa roja de la Línea B forman parte de otra época. Durante años, su aspecto provocó una duda sencilla y persistente: sentarse o correr el riesgo de quedar adherido a la tela
Cuando el tren llega a destino, comienza la operación de descenso. Cada empujón cuidadoso acerca a los pasajeros al aire fresco de la estación, mientras carteras, mochilas, abrigos, estuches de guitarra y posibles ladrones intentan atravesar la misma puerta
Finalmente, los pies quedan fuera del vagón. Solo resta subir la escalera, preferentemente la mecánica, cuya marcha puede sentirse como un milagro, y emprender el regreso a casa
El viajero se va con el orgullo de haber atravesado uno de los grandes símbolos porteños. También puede llevarse una inquietud más concreta: descubrir, al llegar, que ya no tiene el celular