Las economías no se mueven solo por decisiones políticas. También responden a reglas, incentivos y niveles de confianza que sostienen o debilitan el funcionamiento de la vida económica. Cuando esas reglas son previsibles y razonables, favorecen el intercambio, el ahorro, la inversión y el progreso compartido

En América Latina, la experiencia de las últimas décadas dejó una señal clara: no alcanza con administrar el presente. Los ciclos de bonanza pueden ocultar desequilibrios, pero tarde o temprano reaparece el costo de no haber ahorrado, de haber gastado más de lo que ingresaba o de haber financiado el desajuste con emisión y deuda

Argentina quedó atrapada en ese sendero. A diferencia de gran parte de la región, arrastra más de 20 años de inflación de dos dígitos y, en 2023 y 2024, sufrió un salto todavía más fuerte. Esa dinámica reforzó una demanda social por estabilidad y profundizó el deterioro de la moneda local como reserva de valor y unidad de cuenta

En la práctica, la economía quedó consolidada como bimonetaria. El peso sigue funcionando para operaciones menores y cotidianas, pero el dólar ocupa el lugar central en los ahorros, las inversiones y gran parte de las decisiones relevantes. Ese comportamiento refleja una crisis de confianza extendida y con raíces históricas en la administración de las cuentas públicas y de la moneda

Un problema con varias capas

La inflación argentina no responde a una sola causa. A la emisión monetaria por encima de la demanda de dinero se suman las distorsiones de precios relativos, que empujan ajustes hacia arriba cuando algunos valores quedan rezagados, y también las expectativas negativas, que aceleran conductas defensivas en empresas, hogares y mercados

Con décadas de antecedentes de inestabilidad, la sociedad construye percepciones pesimistas que terminan influyendo sobre la economía real. En ese marco, la confianza aparece como un insumo decisivo: sin ella, incluso la disciplina fiscal y monetaria necesita tiempo para recuperar credibilidad

El país tuvo períodos en los que los precios internos siguieron de cerca a las monedas más estables del mundo. Eso cambió hace más de siete décadas, cuando a las causas externas se sumaron factores internos persistentes. Desde entonces, distintos gobiernos y orientaciones políticas enfrentaron el mismo desafío sin lograr resolverlo por completo

La corrección todavía incompleta

El actual proceso económico busca desarmar la inflación monetaria con una estrategia de shock. Ese avance existe, pero todavía no alcanza para cerrar la corrección de los precios relativos ni para desactivar una inercia inflacionaria que depende de la reconstrucción de expectativas

En ese punto se juega buena parte del futuro inmediato: no solo reducir la inflación, sino sostener reglas estables, previsibles y creíbles durante suficiente tiempo como para recomponer la confianza en la moneda y en las instituciones que la respaldan